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Hace unos años me encontraba en un desorden tremendo, pues había pasado tanto tiempo persiguiendo la perfección que había perdido de vista quién era yo realmente. Mi cabeza era un lugar lleno de críticas y exigencias que no iban a ningún lado. Recuerdo perfectamente el día en que me miré al espejo de mi habitación y vi a un extraño, alguien que no tenía nada que ver conmigo. Ahí sí me di cuenta de que algo tenía que cambiar. Necesitaba volver a conectar conmigo mismo, y así fue como comencé a buscar la ayuda que tanto necesitaba.
¿Qué fue lo que me llevó a esta situación?
La verdad es que a lo largo de mi vida pasaron varias cosas que me llevaron a ese lugar tan oscuro. Por un lado, crecí en una familia donde la competencia lo era todo. Mi papá siempre me decía que tenía que ser el mejor en lo que hiciera, y uno como hijo pues siente esa presión encima. Por otro lado, en el colegio viví una época difícil donde me sentía constantemente rechazado y marginado. Todo eso junto fue formando una autoestima que no estaba nada bien.
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¿Cómo Dios entró en mi vida?
Fue ahí cuando empecé a buscar algo más grande que yo, pues me di cuenta de que no podía solo. Encontré a Dios a través de la fe y la oración, y él me fue enseñando poco a poco que mi valor no dependía de mis logros ni de mis fracasos. Aprendí que yo valía por ser yo mismo, sin importar lo que hiciera o lo que pensaran los demás. Y ahí sí empecé a cambiar de verdad. Comencé a entender que la autoestima no es algo que se compre o se pierda, sino algo natural que va creciendo a medida que te vas conociendo a ti mismo.
Lo que me funcionó para restaurar mi autoestima
Durante este camino he usado varias herramientas que me han ayudado bastante, y la verdad es que creo que pueden servirle a otros también:
- Aceptar mi vulnerabilidad: Aprendí que está bien equivocarse, que soy humano y que esos errores hacen parte de mi crecimiento.
- Encontrar mi identidad en Dios: Dejar de depender tanto de lo que otros opinen y anclarme en la relación con Dios y su amor incondicional.
- Comunicarme de manera honesta: Aprendí a expresar mis sentimientos y mis necesidades de una forma clara y respetuosa con quienes me rodean.
- Aprender a perdonar: Eso sí, el perdón es fundamental en el crecimiento personal y en tener una autoestima sana.
Un cambio de perspectiva
En todo esto que viví, aprendí que la autoestima es algo que se construye a medida que te conoces. No se trata de andar comparándote con otros, sino de encontrar tu propio valor y aprender a quererte. Muchas veces me preguntaba: «¿Por qué tengo que ser el mejor en todo?», cuando lo que realmente importa es ser auténtico y dejar ir esas presiones que uno carga.
Para los papás y mamás
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Lo que se lleva uno de todo esto
La mayor lección que me llevé en este viaje es que la autoestima se puede desarrollar, y que no es algo que se compre. También que la verdadera autoestima viene de Dios, y que él es quien nos da la seguridad que necesitamos para vivir una vida plena y con propósito.
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