¿Alguna vez has sentido que tu fe es solo para ti, algo privado que no deberías compartir? Tal vez piensas que predicar es solo para pastores o misioneros con títulos rimbombantes. Pero déjame decirte algo, hermano: Jesús no dejó esa tarea solo para unos pocos elegidos. En el Evangelio de Marcos, el mandato es claro y directo: ‘Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura’. No es una sugerencia, es una invitación que transforma vidas, empezando por la tuya.
Contexto Bíblico
Para entender bien esta orden, tenemos que meternos en los zapatos de los primeros discípulos. El Evangelio de Marcos es el más antiguo de los cuatro, escrito alrededor del año 60-70 d.C., en un momento donde los cristianos ya estaban siendo perseguidos en Roma. Marcos, que era compañero de Pedro, escribió con prisa, con acción, como si estuviera contando una noticia urgente. Y es que lo era: la salvación había llegado, y había que esparcirla como pólvora.
El capítulo 16 de Marcos es el cierre del libro, pero no el final de la historia. Los versículos 15 al 18 son conocidos como la ‘Gran Comisión’ de Marcos, aunque cada evangelista la cuenta con su propio sabor. Aquí Jesús resucitado se aparece a los once discípulos y les da instrucciones precisas. No es un ‘si quieren, pueden’, sino un ‘vayan’. La palabra griega usada es ‘poreuthentes’, que implica un movimiento activo, salir de la zona de confort, dejar atrás el miedo.
Además, el contexto geográfico es clave: Jesús les dice ‘por todo el mundo’. Para un judío del primer siglo, el mundo conocido era el Imperio Romano, pero el mensaje de Cristo rompía todas las fronteras. Ya no era solo para Israel, sino para samaritanos, gentiles, romanos, para todos. Esto era revolucionario, y Marcos lo resalta con fuerza porque su comunidad cristiana estaba compuesta mayormente por no judíos.
La Historia
Imagínate la escena: es domingo en la mañana, muy temprano. María Magdalena, María la madre de Santiago, y Salomé van al sepulcro con especias para embalsamar el cuerpo de Jesús. Pero cuando llegan, la piedra está corrida y un joven vestido de blanco les dice: ‘No se asusten; buscan a Jesús nazareno, el crucificado. ¡Ha resucitado! No está aquí’. Ellas salen corriendo, temblando de miedo y alegría, pero no le dicen nada a nadie porque tenían pavor. Así termina el manuscrito más antiguo de Marcos, en el versículo 8.
Pero más adelante, otros escribas añadieron un final más completo, donde Jesús se aparece primero a María Magdalena, y luego a dos discípulos que iban camino al campo. Ellos, incrédulos, no le creyeron ni a ella ni a los otros. Finalmente, Jesús se aparece a los once mientras están comiendo, y los reprende por su dureza de corazón. Les dice: ‘Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura’. Y entonces, les promete señales: echarán fuera demonios, hablarán nuevas lenguas, tomarán serpientes, y si beben algo mortal, no les hará daño.
Los discípulos, que horas antes estaban escondidos por miedo a los judíos, salen a predicar por todas partes. El Señor los ayudaba confirmando la palabra con señales. Imagínate a Pedro, ese mismo que negó a Jesús tres veces, ahora predicando con autoridad en las calles de Jerusalén. O a Juan, que antes quería bajar fuego del cielo, ahora sanando enfermos en Samaria. La historia no es un cuento bonito: es el testimonio de hombres y mujeres comunes que hicieron algo extraordinario porque obedecieron.
Marcos nos muestra que la resurrección no fue el final, sino el comienzo de una misión global. Jesús no se quedó en el cielo para siempre visible, sino que ascendió y se sentó a la derecha de Dios, pero dejó a sus seguidores con una tarea clara. La historia de Marcos termina con acción, no con una reflexión tranquila. Es un llamado a moverse, a hablar, a actuar.
Y no olvidemos que los discípulos no eran teólogos ni políticos. Eran pescadores, cobradores de impuestos, mujeres que habían sido sanadas. Gente como vos y como yo, con dudas, miedos y limitaciones. Pero cuando el Espíritu Santo los llenó, se convirtieron en testigos intrépidos. La historia de Marcos es la nuestra: una invitación a dejar de lado las excusas y salir a contar lo que hemos visto y oído.
Significado Teológico
El mandato de ‘ir por todo el mundo’ tiene un peso teológico enorme. Primero, nos muestra que la salvación en Cristo es universal. No es un mensaje exclusivo para una raza, cultura o clase social. En Cristo, no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer. Todos son llamados al arrepentimiento y la fe. Esto rompe cualquier idea de que Dios solo ama a un grupo selecto.
Segundo, la predicación del evangelio no es opcional para el creyente. Es una responsabilidad que viene con el hecho de ser discípulo. Jesús no dijo ‘si tienen tiempo, prediquen’, sino ‘vayan’. La palabra ‘id’ es un imperativo, una orden. Pero no es una orden fría: viene del amor de un Salvador que quiere que todos conozcan la verdad. Es como si un médico encontrara la cura para una enfermedad mortal y te pidiera que le avises a todos los enfermos. ¿No lo harías con gusto?
Tercero, las señales que acompañan la predicación no son trucos de magia, sino confirmaciones del poder de Dios. En el mundo antiguo, los milagros validaban el mensaje. Hoy, el mayor milagro sigue siendo una vida transformada: un adicto que deja las drogas, un matrimonio que se restaura, un corazón endurecido que se vuelve sensible al amor de Dios. Eso es más poderoso que cualquier espectáculo.
Lecciones para Hoy
En la Colombia de hoy, donde hay tanta violencia, desigualdad y desesperanza, el mensaje de Marcos 16:15 es más relevante que nunca. No necesitas ser un predicador profesional para compartir tu fe. Puedes hacerlo en la fila del banco, en el taxi, en la reunión familiar, o en el grupo de WhatsApp. La predicación no es solo un sermón: es una conversación donde muestras con tu vida y tus palabras que Jesús cambia todo.
Otra lección es que el miedo no es excusa. Los discípulos también tuvieron miedo, pero actuaron a pesar de él. En nuestro país, a veces nos da pena hablar de Dios por miedo al qué dirán, o porque pensamos que no sabemos suficientes versículos. Pero el evangelio no es un examen de teología, es un testimonio de lo que Dios ha hecho en tu vida. Si puedes contar cómo Jesús te ayudó en un momento difícil, ya estás predicando.
Finalmente, recuerda que la misión no es solitaria. Jesús prometió estar con nosotros siempre, hasta el fin del mundo. No te toca convencer a nadie, solo sembrar la semilla. El crecimiento lo da Dios. Así que no te desanimes si no ves resultados inmediatos. Sigue orando, sigue amando, sigue compartiendo. La cosecha es segura, aunque a veces tarde en llegar.
Preguntas Frecuentes
¿Significa esto que todos los cristianos deben ser misioneros en otro país?
No necesariamente. ‘Ir por todo el mundo’ puede ser tu propio barrio, tu oficina o tu familia. No todos están llamados a viajar al extranjero, pero todos estamos llamados a ser testigos donde estamos. La misión comienza en casa, pero no se queda allí. Con las redes sociales y la tecnología, hoy puedes ‘ir’ a cualquier parte del mundo sin moverte de tu silla.
¿Qué pasa si tengo miedo de predicar o no me siento preparado?
Es normal tener miedo; hasta los apóstoles lo tuvieron. La clave no es la ausencia de miedo, sino la obediencia a pesar de él. Pídele a Dios que te dé valentía y empieza con pequeños pasos: comparte un versículo, invita a alguien a la iglesia, o cuenta cómo Dios te ayudó. El Espíritu Santo te dará las palabras en el momento preciso.
¿Las señales como hablar en lenguas o sanar son obligatorias para predicar?
No son obligatorias, pero pueden acompañar la predicación si Dios quiere. Lo importante es el mensaje de salvación, no los signos externos. Algunos cristianos experimentan estos dones, otros no, y ambos son válidos. La señal más importante es el amor y la transformación que el evangelio produce en quienes lo reciben.
