¿Alguna vez te has preguntado por qué, cuando todo parece perdido, Dios termina haciendo algo grande? En Colombia hemos vivido épocas duras, de esas donde el miedo aprieta el pecho. Pues así empezó la iglesia primitiva: con una persecución tan fuerte que los creyentes tuvieron que salir corriendo de Jerusalén. Pero lo que parecía una tragedia, se convirtió en el combustible para que el evangelio llegara hasta los confines de la tierra. Vamos a ver cómo el libro de Hechos nos muestra que el plan de Dios nunca falla, ni siquiera cuando soplan vientos contrarios.
Contexto Bíblico
Para entender esta historia, tenemos que ponernos en los zapatos de aquellos primeros cristianos. Después de la resurrección de Jesús y la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, la iglesia en Jerusalén crecía como espuma. Miles de personas se convertían cada día, y los apóstoles hacían señales y milagros que dejaban a todos boquiabiertos. Pero no todo era miel sobre hojuelas; los líderes religiosos judíos veían a estos seguidores de Jesús como una amenaza para su autoridad y tradiciones. Ya habían matado a Esteban, un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, y eso solo fue el inicio de una ola de violencia que cambiaría la historia de la iglesia para siempre.
El capítulo 8 de Hechos nos pinta un cuadro bien claro: ‘Y Saulo consentía en su muerte. Y en aquel día se levantó una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las regiones de Judea y de Samaria, excepto los apóstoles’ (Hechos 8:1). Imagínate el ambiente: familias enteras empacando a la carrera, dejando casas y negocios, con el alma partida pero con la certeza de que el mensaje de Jesús valía más que cualquier comodidad. Lo curioso es que los apóstoles se quedaron en la ciudad, como pastores que no abandonan a sus ovejas, mientras el resto de la comunidad se desperdigó por todas partes. Ese ‘esparcimiento’ que parecía una maldición, en realidad era la estrategia de Dios para que la semilla del evangelio germinara en tierra nueva.
La Historia
Todo empezó con un joven llamado Saulo de Tarso, un fariseo convencido de que estaba haciendo la voluntad de Dios al perseguir a los herejes. Con el permiso de las autoridades, Saulo entraba casa por casa, arrastraba a hombres y mujeres, y los metía en la cárcel. Era un terror para los creyentes; su solo nombre ponía los pelos de punta. Pero mientras Saulo soplaba fuego y destrucción, el Espíritu Santo ya estaba moviendo los hilos para que la iglesia no solo sobreviviera, sino que se multiplicara. Los que huían no se iban con las manos vacías: llevaban en el corazón la buena noticia de Jesús, y en cada pueblo, en cada camino, compartían lo que habían visto y oído.
Uno de esos fugitivos era Felipe, un diácono que antes servía las mesas en la iglesia de Jerusalén. Felipe no era apóstol, pero tenía el fuego del Espíritu en su interior. Cuando llegó a Samaria, una región donde los judíos y samaritanos se llevaban como el agua y el aceite, Felipe empezó a predicar a Cristo con una autoridad que asombraba a todos. La gente escuchaba, veía las señales —cojos que caminaban, demonios que salían— y había una alegría inmensa en esa ciudad. Samaria se convirtió en un avivamiento, y lo que empezó como una huida, terminó siendo una cosecha de almas para el Reino de Dios.
Pero la historia no se quedó ahí. El ángel del Señor le dijo a Felipe: ‘Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto’ (Hechos 8:26). ¡Qué locura! En medio de un avivamiento, Dios le pide a Felipe que se vaya a un camino solitario. Allí se encuentra con un etíope, un alto funcionario de la reina Candace, que iba en su carro leyendo al profeta Isaías. Felipe, obediente, se acercó y le preguntó si entendía lo que leía. El etíope, humilde, respondió: ‘¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?’ (Hechos 8:31). En ese momento, Felipe le explicó que el siervo sufriente de Isaías era Jesús, y el etíope creyó de todo corazón. Al ver agua, pidió ser bautizado, y después de eso, el Espíritu arrebató a Felipe, y el etíope siguió su camino lleno de gozo. Así, el evangelio saltó de Asia a África, todo gracias a una persecución que obligó a un hombre a salir de su zona de confort.
Mientras tanto, Saulo seguía su cruzada, respirando amenazas y muerte. Pero Dios ya tenía otros planes para él. En el camino a Damasco, una luz del cielo lo derribó del caballo, y una voz le dijo: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ (Hechos 9:4). Ese encuentro cambió al perseguidor en predicador, y el que esparcía la iglesia con violencia, terminó esparciéndola con amor por todo el mundo romano. La persecución no solo movió a los creyentes, sino que también preparó al instrumento más poderoso para la expansión del evangelio: el apóstol Pablo.
Significado Teológico
Esta historia nos enseña que Dios tiene el control absoluto de la historia, incluso cuando los poderes humanos se desatan con furia. La persecución no tomó a Dios por sorpresa; al contrario, fue parte de su plan soberano para que la iglesia dejara de ser un grupito cerrado en Jerusalén y se convirtiera en un movimiento global. Jesús mismo había dicho: ‘Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra’ (Hechos 1:8). La persecución fue el viento que empujó la barca de la iglesia hacia aguas más profundas. No fue un accidente, fue una estrategia divina.
Además, vemos que Dios usa a personas comunes y corrientes para hacer cosas extraordinarias. Felipe no era un apóstol ni un teólogo, era un diácono que servía mesas, pero cuando llegó el momento, el Espíritu Santo lo usó para llevar el evangelio a samaritanos y a un etíope. Esto nos recuerda que no necesitamos un título ni un púlpito para ser instrumentos de Dios. La iglesia es el pueblo de Dios en movimiento, y cada creyente tiene un papel en la gran comisión. La persecución también purifica a la iglesia, quitando la comodidad y la rutina, y despertando un celo misionero que solo nace cuando entendemos que el evangelio es cuestión de vida o muerte.
Lecciones para Hoy
En nuestro país, donde a veces la violencia o la presión social quieren callar la voz de los cristianos, esta historia nos da una lección poderosa: no le tengamos miedo a las dificultades. Cuando las puertas se cierran, Dios abre ventanas. Muchos creyentes colombianos han tenido que desplazarse por amenazas, y en lugar de amargarse, han llevado el evangelio a nuevas regiones. La persecución no es el fin, es el medio para que la semilla llegue a tierra fértil. Así que, si estás pasando por un momento difícil en tu fe, recuerda que Dios puede usar esa situación para expandir su Reino a través de ti.
También aprendemos que la obediencia inmediata es clave. Felipe no se quedó pensando ni pidió señales; cuando el ángel le habló, se levantó y fue. En nuestra vida diaria, el Espíritu Santo nos guía a veces a lugares incómodos o a personas que no esperamos. Puede ser un vecino, un compañero de trabajo o alguien en el bus. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a dejar nuestra comodidad para compartir lo que hemos recibido? La iglesia primitiva nos muestra que el evangelio no se queda en las cuatro paredes del templo; se vive en la calle, en el camino, en el desierto.
Preguntas Frecuentes
¿Por qué permitió Dios la persecución en la iglesia primitiva?
Dios permitió la persecución para cumplir su propósito de que el evangelio se extendiera más allá de Jerusalén. Los creyentes se habían quedado cómodos en la ciudad, y la persecución los obligó a moverse. Así, la palabra de Dios llegó a Samaria, a Etiopía y más tarde a todo el mundo romano. Dios siempre tiene un plan mayor detrás de las pruebas.
¿Qué podemos aprender del encuentro de Felipe con el etíope?
Este encuentro nos enseña la importancia de estar atentos a la dirección del Espíritu Santo y de compartir las Escrituras de manera clara y personal. Felipe no solo predicó, sino que se sentó con el etíope, le explicó el texto y lo llevó a una decisión de fe. También vemos que el evangelio es para todas las culturas y clases sociales, sin discriminación.
¿Cómo aplicamos esta enseñanza en la iglesia colombiana de hoy?
En Colombia, donde hay regiones afectadas por el conflicto o la persecución religiosa, esta historia nos anima a no paralizarnos por el miedo. Debemos usar cada oportunidad para compartir a Cristo, incluso en medio de la adversidad. Además, nos reta a salir de nuestra zona de confort y llevar el evangelio a lugares donde nunca ha llegado, confiando en que Dios va delante de nosotros.
