En un país como Colombia, donde el saludo con un abrazo sincero y el ‘¿cómo vas?’ son parte del día a día, la idea de recibir al otro parece natural. Pero, ¿qué pasa cuando ese ‘otro’ piensa diferente, viene de otro barrio o tiene una historia que no entendemos? Pablo, en su carta a los Romanos, nos lanza un reto que va mucho más allá de la cortesía: nos invita a recibirnos mutuamente como Cristo nos recibió. Este mandato, lejos de ser un simple consejo, es la base para una comunidad cristiana que realmente refleje el amor de Dios en medio de nuestras diferencias.
Contexto Bíblico
La carta a los Romanos es, sin duda, una de las obras maestras del apóstol Pablo. Escrita alrededor del año 57 d.C., desde Corinto, esta epístola no fue dirigida a una iglesia fundada por él, sino a una comunidad que ya existía en el corazón del Imperio Romano. Pablo aún no había visitado Roma, pero conocía las tensiones que allí se vivían: una mezcla de creyentes judíos y gentiles que luchaban por encontrar unidad en medio de sus costumbres y tradiciones tan distintas. El capítulo 15, donde encontramos nuestro versículo clave, es la culminación práctica de toda la enseñanza teológica que Pablo ha desarrollado antes.
En los capítulos anteriores, Pablo ha explicado con lujo de detalles la justificación por la fe, la gracia y el papel de Israel en el plan de salvación. Pero no se queda en la teoría. A partir del capítulo 12, el apóstol aplica toda esa doctrina a la vida diaria de los creyentes. Romanos 15:7 dice: ‘Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios’. Este versículo no es un añadido, sino el resumen de todo lo que Pablo ha estado construyendo: el evangelio transforma nuestras relaciones, empezando por cómo acogemos al hermano que no es como nosotros.
Es fundamental entender que el contexto inmediato habla de los ‘débiles en la fe’ y los ‘fuertes’. En la iglesia de Roma, algunos cristianos judíos aún se sentían obligados a guardar ciertas leyes alimenticias y días especiales, mientras que los gentiles, liberados por la gracia, no veían problema en comer de todo. Pablo les dice a los fuertes que no menosprecien a los débiles, y a los débiles que no juzguen a los fuertes. La solución no es que unos se conviertan en los otros, sino que ambos se reciban mutuamente, porque Cristo ya los recibió a todos.
La Historia
Imagínate por un momento la iglesia en Roma. No era un edificio con vitrales y bancas de madera, sino un grupo de personas que se reunían en casas particulares, en barrios populares de la ciudad más poderosa del mundo antiguo. Allí convivían judíos que habían crecido con la Torá en el corazón y gentiles que venían del paganismo, con costumbres que a los primeros les parecían impías. Las comidas comunitarias, que eran el centro de la vida de la iglesia, se convertían en campos de batalla: unos llevaban carne sacrificada a ídolos, otros solo comían verduras para no contaminarse. Las tensiones eran tan fuertes que amenazaban con partir la comunidad en dos.
Pablo, que conocía bien esas divisiones porque las había visto en otras iglesias, no les escribe desde una torre de marfil. Él mismo había sido un fariseo estricto, perseguidor de la iglesia, hasta que Cristo lo derribó del caballo en el camino a Damasco. Su experiencia personal de haber sido recibido por Jesús cuando él era el peor de los pecadores le daba autoridad para hablar. Por eso, cuando dice ‘recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió’, no está dando un consejo bonito, sino compartiendo la realidad transformadora que él mismo vivió: Cristo lo recibió con los brazos abiertos a pesar de su pasado violento.
La historia de la iglesia en Roma nos recuerda que el problema de la exclusión no es nuevo. En nuestras comunidades colombianas, vemos lo mismo: el hermano que viene de una denominación diferente, el que tiene un pecado visible, el que es de otro estrato social o el que votó por otro candidato. Todos tenemos excusas para no recibir al otro. Pero Pablo nos muestra que la excusa de Cristo fue al revés: Él nos recibió cuando éramos sus enemigos, cuando no merecíamos nada. Ese es el estándar, no la simpatía mutua ni los gustos compartidos.
Pablo no se queda en el ‘recibíos’, sino que añade un propósito: ‘para gloria de Dios’. Esto significa que cuando un colombiano recibe a otro que es diferente, cuando una mamá en la iglesia acoge a la señora que viene de la calle, cuando un joven perdona a su compañero de célula, Dios es glorificado. La unidad no es un fin en sí misma, sino un reflejo del carácter de Dios. Así como la Trinidad vive en perfecta comunidad, la iglesia debe mostrar esa misma armonía en medio de la diversidad. La gloria de Dios se ve cuando sus hijos se aman de verdad.
Finalmente, la historia de este pasaje nos enseña que recibir al otro implica un costo. Para los cristianos de Roma, recibir al hermano débil significaba renunciar a su libertad de comer cualquier cosa, o soportar críticas por no celebrar ciertas fiestas. Para nosotros, recibir al otro puede significar dejar de lado nuestro orgullo, nuestras tradiciones o nuestra comodidad. Pero el costo vale la pena cuando recordamos cuánto le costó a Cristo recibirnos a nosotros: Su propia vida en la cruz. Ese es el modelo de recepción que estamos llamados a imitar.
Significado Teológico
El mandato de ‘recibíos los unos a los otros’ está profundamente enraizado en la cristología. Pablo no dice ‘recibíos porque son buena gente’ o ‘porque se lo merecen’, sino ‘como también Cristo nos recibió’. La base de nuestra recepción mutua no es el mérito del otro, sino el ejemplo de Cristo. Esto cambia todo: no recibimos al hermano porque sea fácil de querer, sino porque Jesús, siendo perfecto, nos recibió a nosotros siendo imperfectos. La teología de la gracia se vuelve práctica cuando abrimos nuestras puertas y nuestros corazones a quienes no pensaríamos invitar a almorzar.
Además, este pasaje nos habla de la ‘gloria de Dios’ como el objetivo final. La unidad de la iglesia no es solo para que nos llevemos bien, sino para que el mundo vea a Dios. En un país donde la polarización política, social y religiosa es pan de cada día, una comunidad que se recibe mutuamente es un testimonio poderoso. La gloria de Dios se manifiesta cuando los colombianos, que somos tan dados al regionalismo y al ‘yo soy de tal lado’, nos sentamos a la misma mesa sin importar nuestras diferencias. Eso solo es posible por el poder del Espíritu Santo.
También es clave entender que ‘recibir’ en griego es ‘proslambanō’, que implica una acción activa y deliberada. No es una actitud pasiva de ‘dejar entrar’, sino un movimiento intencional de acoger, de tomar a alguien junto a uno. Esto significa que la iglesia no puede esperar a que los diferentes se sientan bienvenidos; debe salir a buscarlos, abrazarlos y hacerlos parte de la familia. Jesús no esperó a que nosotros nos acercáramos a Él; Él vino a nosotros. Así mismo, debemos tomar la iniciativa en la recepción, especialmente con aquellos que son más difíciles de recibir.
Lecciones para Hoy
En la Colombia de hoy, donde las redes sociales nos dividen y las noticias nos llenan de desconfianza, el llamado de Pablo es más urgente que nunca. Recibir al otro no significa estar de acuerdo en todo, sino reconocer que, por encima de nuestras diferencias, hay un vínculo más fuerte: la sangre de Cristo. En tu iglesia local, puede que haya alguien con quien te cueste compartir el saludo de la paz. Esa persona es precisamente a quien Dios te está llamando a recibir. Empieza con un gesto pequeño: un saludo sincero, una oración juntos, un café después del culto.
Otra lección práctica es que recibir al otro requiere humildad. Pablo les dice a los ‘fuertes’ que no se sientan superiores, y a los ‘débiles’ que no juzguen. En nuestro contexto, esto significa que el hermano que tiene más conocimiento bíblico no debe menospreciar al que está empezando, y el que tiene una fe más sencilla no debe condenar al que se siente libre en ciertas áreas. La iglesia es un hospital de pecadores, no un club de perfectos. Todos estamos en proceso, y todos necesitamos ser recibidos con gracia.
Finalmente, recibir al otro tiene un impacto evangelístico. Cuando un vecino ve que en tu iglesia se aman de verdad, que no hay chisme ni exclusión, sino una familia que se acoge, se preguntará qué es lo que los hace diferentes. La mejor predicación no es la que sale de un púlpito, sino la que se vive en la mesa del comedor y en los pasillos del templo. Que en Colombia seamos conocidos no por nuestras divisiones, sino por cómo nos recibimos los unos a los otros, para gloria de Dios.
Preguntas Frecuentes
¿Qué significa exactamente ‘recibíos los unos a los otros’ en Romanos 15:7?
Significa acogernos mutuamente en la comunidad de fe, sin condiciones ni exclusiones, de la misma manera en que Cristo nos acogió a nosotros. No se trata solo de tolerar al otro, sino de darle un lugar activo en nuestra vida y en la iglesia. Pablo usa este mandato para resolver las divisiones entre creyentes judíos y gentiles en Roma, aplicando el principio de la gracia a las relaciones cotidianas. Es un llamado a la unidad práctica basada en el ejemplo de Jesús.
¿Cómo puedo aplicar este versículo en mi vida diaria si tengo conflictos con otros creyentes?
Empieza por recordar cómo Cristo te recibió a ti cuando estabas en tu peor momento. Luego, da el primer paso: ora por esa persona, salúdala con sinceridad, busca un momento para conversar. No se trata de forzar una amistad, sino de mostrar respeto y apertura. En la práctica, puedes invitarla a un café, pedirle perdón si ofendiste, o simplemente dejar de hablar mal de ella. La recepción es un acto de obediencia, no de sentimiento.
¿Este pasaje aplica solo a la iglesia o también a mis relaciones fuera del templo?
Aunque el contexto inmediato es la comunidad de creyentes, el principio de recibir al otro como Cristo nos recibió tiene aplicaciones en todos los ámbitos de la vida. En tu trabajo, en tu familia o en tu vecindario, puedes ser un agente de reconciliación y acogida. Recibir al otro no significa estar de acuerdo con todo lo que hace, sino tratarlo con la misma gracia y dignidad con que Cristo te trató a ti. Es un estilo de vida que refleja el evangelio en cada relación.