Mire, en Colombia tenemos una forma muy particular de hablar de Dios, como si fuera un vecino cercano o un abuelo sabio. Pero cuando nos metemos en el tema de Jesucristo, muchas veces nos quedamos con la imagen del niño en el pesebre o del hombre sufriendo en la cruz, sin entender bien quién es realmente. La pregunta que muchos se hacen en las iglesias de barrio, en las reuniones familiares o en los grupos de estudio es si Jesús es simplemente un profeta importante o si realmente es Dios mismo. Para aclarar esto de una vez, vamos a meternos en las Escrituras con toda la tranquilidad, como quien se sienta a tomar un tinto bien cargado para hablar de cosas profundas.
Contexto Biblico
El Antiguo Testamento ya hablaba de la venida de un Mesías, un ungido que vendría a salvar a su pueblo, pero los judíos esperaban a un rey guerrero que los liberara del Imperio Romano. Sin embargo, los profetas como Isaías anunciaron algo mucho más grande: que un niño nos sería dado, y se llamaría ‘Dios fuerte’, ‘Padre eterno’, ‘Príncipe de paz’ (Isaías 9:6). Eso ya dejaba claro que el que iba a venir no era un simple mortal, sino alguien con atributos divinos. En el Nuevo Testamento, el apóstol Juan lo dice sin rodeos en el primer versículo de su evangelio: ‘En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios’ (Juan 1:1). Allí mismo nos está diciendo que Jesucristo, ese Verbo que se hizo carne, existía desde siempre y era Dios mismo, no un ser creado.
La teología cristiana, desde los primeros concilios como el de Nicea en el año 325, definió que Jesús es ‘Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero’. Esto no es un invento de los pastores de hoy, sino una verdad que los primeros cristianos defendieron hasta con su propia sangre. En Colombia, donde hay tanta mezcla de creencias, es clave entender que el evangelio no dice que Jesús sea un dios menor o un ángel disfrazado, sino que es la segunda persona de la Trinidad: el Hijo eterno. Cuando Jesús mismo dijo ‘Yo y el Padre uno somos’ (Juan 10:30), los judíos entendieron perfectamente que se estaba haciendo igual a Dios, y por eso quisieron apedrearlo. No había medias tintas: o era un blasfemo o era Dios.
Otro texto clave lo encontramos en Colosenses 2:9, donde Pablo afirma que ‘en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad’. Es decir, en Jesús no hay una parte de Dios, sino la totalidad de Dios en un cuerpo humano. Esto es lo que llamamos la encarnación: Dios decidiendo voluntariamente limitarse a un cuerpo para poder caminar entre nosotros. En el contexto colombiano, donde a veces confundimos a Jesús con un santo más o con un buen maestro, esta verdad nos obliga a tomar una decisión: o lo aceptamos como lo que Él dice ser, o lo rechazamos. No hay punto medio.
La Historia
Vamos a meternos en la historia como si estuviéramos viendo una novela de esas que prenden el televisor en las casas colombianas, pero con la certeza de que esto no es ficción. Todo comienza en un pueblo perdido de Galilea, Nazaret, donde una muchacha llamada María recibe la visita de un ángel que le anuncia que va a quedar embarazada por obra del Espíritu Santo. Imagínese el escándalo en un pueblo donde todos se conocían: una mujer comprometida, sin haberse casado, esperando un hijo. José, su prometido, era un hombre justo y pensó en dejarla en secreto para no exponerla a la vergüenza pública. Pero un ángel le dijo en sueños que no tuviera miedo, porque lo que había sido engendrado en ella era del Espíritu Santo, y llamaría a su hijo Jesús, porque salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:20-21). Allí empezó la historia más revolucionaria de todos los tiempos.
Jesús creció como cualquier pelao de la época, aprendiendo el oficio de carpintero con José, yendo a la sinagoga los sábados, celebrando las fiestas judías. Pero a los treinta años, todo cambió. Fue al río Jordán donde Juan el Bautista lo bautizó, y en ese momento el cielo se abrió, el Espíritu Santo descendió como una paloma, y se escuchó una voz del cielo que decía: ‘Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia’ (Mateo 3:17). Eso fue como un volador en una noche de diciembre: nadie podía negar que ahí había algo sobrenatural. Inmediatamente después, el Espíritu lo llevó al desierto para ser tentado por el diablo durante cuarenta días. Allí, Jesús demostró que no venía a hacer su propia voluntad, sino la del Padre, resistiendo cada tentación con la Palabra de Dios escrita en el Antiguo Testamento.
Su ministerio público duró aproximadamente tres años, pero fueron tan intensos que cambiaron el mundo para siempre. Jesús recorrió pueblos y ciudades de Galilea, Judea y Samaria, predicando que el reino de Dios se había acercado. Pero no solo hablaba: sanaba a los enfermos, devolvía la vista a los ciegos, expulsaba demonios y hasta resucitaba muertos. En Colombia, cuando uno ve a alguien que ora por un enfermo y este se sana, la gente dice que tiene ‘don’, pero Jesús era el dueño del don. En una ocasión, un paralítico fue bajado por sus amigos a través del techo de una casa porque no podían pasar entre la multitud, y Jesús no solo lo sanó físicamente, sino que primero le perdonó los pecados, dejando claro que tenía autoridad divina (Marcos 2:1-12). Los escribas y fariseos se escandalizaban porque pensaban que solo Dios podía perdonar pecados, y tenían razón.
Pero la historia no termina con aplausos y milagros. Las autoridades religiosas, celosas de su popularidad y molestas porque Jesús desafiaba sus tradiciones, comenzaron a conspirar para matarlo. Judas Iscariote, uno de sus doce discípulos, lo traicionó por treinta monedas de plata, el precio de un esclavo. Jesús fue arrestado en el huerto de Getsemaní, sometido a un juicio ilegal durante la noche, acusado de blasfemia por declararse Hijo de Dios. Lo llevaron ante Poncio Pilato, el gobernador romano, quien aunque sabía que era inocente, cedió a la presión de la multitud y lo condenó a morir crucificado. Lo azotaron, le pusieron una corona de espinas, lo obligaron a cargar su propia cruz hasta el Gólgota, y allí lo clavaron. Desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, Jesús colgó de esa cruz, sufriendo una muerte lenta y agonizante, mientras decía: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’ (Lucas 23:34).
Tres días después, el domingo por la mañana, unas mujeres fueron al sepulcro a embalsamar su cuerpo, pero encontraron la piedra removida y el sepulcro vacío. Un ángel les dijo: ‘No está aquí, ha resucitado’ (Mateo 28:6). Jesús se apareció a María Magdalena, luego a otros discípulos, después a más de quinientas personas a la vez. No era un fantasma ni una alucinación: comió con ellos, les mostró las heridas de los clavos en sus manos y pies, y les dio instrucciones claras. Antes de ascender al cielo, les dijo: ‘Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones’ (Mateo 28:18-19). Ese mandato sigue vigente hoy en cada rincón de Colombia, desde las ciudades hasta las veredas más apartadas.
Significado Teologico
El hecho de que Jesucristo sea Dios Hijo tiene implicaciones enormes para nuestra fe. Primero, significa que Dios no es un ser distante que nos observa desde arriba, sino que se metió en el barro de la historia humana para experimentar el dolor, la tentación, la alegría y la muerte. En Jesús, Dios sabe lo que es tener hambre, llorar la muerte de un amigo, ser traicionado y sentir el abandono. Eso hace que nuestra relación con Él sea mucho más cercana, como la de un amigo que ha pasado por lo mismo que nosotros. Segundo, la muerte de Jesús en la cruz no fue un accidente ni un martirio cualquiera; fue un sacrificio sustitutivo. Él, siendo perfecto y sin pecado, tomó sobre sí el castigo que merecíamos nosotros para reconciliarnos con Dios. Como dice 2 Corintios 5:21: ‘Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él’.
La resurrección es la confirmación de que Jesús es quien dijo ser. Si hubiera muerto y se hubiera quedado en la tumba, sería un mártir más, un buen maestro, pero no un Salvador. Pero al resucitar, venció al pecado y a la muerte, y nos abrió las puertas a una vida eterna con Dios. En Colombia, donde la muerte es una realidad tan presente por la violencia y las enfermedades, esta esperanza es un ancla para el alma. Saber que la muerte no tiene la última palabra, que hay un cielo donde no habrá más dolor ni llanto, transforma la manera en que vivimos el día a día. Además, la ascensión de Jesús al cielo y su posición a la diestra del Padre significa que Él intercede por nosotros constantemente (Romanos 8:34). No tenemos un salvador que se olvidó de nosotros, sino uno que está activamente trabajando a nuestro favor.
Otro aspecto teológico fundamental es que Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5). En una cultura como la colombiana, donde a veces se le reza a la virgen o a los santos como intermediarios, la Biblia es clara: solo Jesucristo puede perdonar pecados y darnos acceso al Padre. Él mismo dijo: ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí’ (Juan 14:6). Esto no es exclusivismo religioso por capricho, sino una declaración de que solo alguien que es Dios y hombre a la vez puede servir de puente entre la humanidad caída y un Dios santo. Reconocer a Jesús como Señor implica someter cada área de nuestra vida a su autoridad, no solo los domingos en la iglesia, sino en la casa, el trabajo y las decisiones diarias.
Lecciones para Hoy
En el día a día del colombiano común, la verdad de que Jesucristo es Dios Hijo nos confronta con una decisión: ¿vamos a vivir como si Él fuera el dueño de nuestra vida o vamos a hacer lo que nos da la gana? Mucha gente dice creer en Dios, pero vive como si Él no existiera, preocupada solo por la plata, los problemas familiares o el qué dirán. Pero si Jesús es realmente el Señor, entonces sus enseñanzas no son sugerencias, son mandatos. Perdonar a quien nos hizo daño, ayudar al necesitado, hablar con honestidad, no dejarse llevar por la envidia o el rencor: eso no es opcional para el que dice seguir a Cristo. En un país donde el ‘vivo’ es el que se aprovecha del otro, ser cristiano de verdad es ir contra la corriente, pero con la certeza de que vale la pena.
La historia de Jesús también nos enseña que el sufrimiento tiene propósito. Todos pasamos por pruebas: la pérdida de un ser querido, una enfermedad, un despido del trabajo, una traición. Pero así como la cruz no fue el final, nuestras dificultades tampoco lo son. Dios puede usar el dolor para moldear nuestro carácter, para enseñarnos a depender de Él y para prepararnos para bendiciones mayores. Además, el ejemplo de Jesús nos muestra que la humildad y el servicio son el camino al verdadero liderazgo. En una sociedad que admira a los famosos y poderosos, Jesús lavó los pies de sus discípulos, incluyendo al que lo iba a traicionar. Eso nos reta a servir a los demás sin esperar nada a cambio, a ser generosos con nuestro tiempo y recursos, a poner las necesidades de otros por encima de las nuestras.
Finalmente, la gran comisión de Mateo 28 nos recuerda que cada creyente tiene un propósito: compartir esta buena noticia con otros. No es solo tarea del pastor o del misionero; es responsabilidad de todo el que ha experimentado el amor de Cristo. En la esquina del barrio, en la oficina, en la universidad o en la familia, hay personas que necesitan saber que hay un Dios que las ama y que Jesucristo murió por ellas. Hablar de Jesús con naturalidad, sin fanatismo ni vergüenza, es la forma más poderosa de transformar nuestra sociedad. Si cada cristiano colombiano tomara en serio esto, el país cambiaría de una manera que ni los políticos ni los gobiernos han podido lograr.
Preguntas Frecuentes
¿Jesús es Dios o es el Hijo de Dios?
Jesús es ambas cosas: es Dios y es el Hijo de Dios. En la teología cristiana, esto no es una contradicción, sino un misterio que llamamos la Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas distintas pero un solo Dios. Jesús, como Hijo, es Dios en esencia, pero en relación al Padre es el Hijo eterno. Cuando la Biblia dice que Jesús es el Hijo de Dios, no significa que fue creado, sino que comparte la misma naturaleza divina del Padre. Por eso, cuando Jesús dice ‘Yo y el Padre uno somos’, está afirmando su deidad.
¿Por qué Jesús tuvo que morir en la cruz?
Jesús murió en la cruz para pagar el castigo por nuestros pecados. La Biblia enseña que todos hemos pecado y que la consecuencia del pecado es la separación eterna de Dios. Pero Dios, en su amor, envió a su Hijo para que tomara nuestro lugar. Jesús, siendo perfecto y sin pecado, ofreció su vida como un sacrificio perfecto para satisfacer la justicia divina y reconciliarnos con Dios. Su muerte no fue un accidente ni una derrota, sino un plan divino para salvarnos. Por eso, cuando confiamos en Él, recibimos el perdón de nuestros pecados y la vida eterna.
¿Cómo puedo tener una relación personal con Jesucristo?
Tener una relación personal con Jesucristo comienza por reconocer que eres pecador y que necesitas un Salvador. Luego, debes creer que Jesús murió por tus pecados y resucitó al tercer día. La Biblia dice que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo (Romanos 10:9). Eso se hace a través de una oración sincera, donde le pides a Jesús que entre en tu vida, te perdone y sea el Señor de tu corazón. Después, es importante buscar una iglesia donde se predique la Biblia, leer la Palabra de Dios diariamente y hablar con Él en oración, como quien habla con un amigo de confianza.