¿Alguna vez te has sentido llamado a hacer algo grande pero no sabes por dónde empezar? Imagina que el mismo Jesús te mira a los ojos y te dice: ‘Vayan, yo los envío’. Eso fue exactamente lo que vivieron los doce apóstoles, hombres comunes y corrientes que recibieron una misión extraordinaria. En Mateo 10, encontramos el manual de instrucciones que el Maestro les dio, y que también aplica a nosotros hoy, en nuestras ciudades y veredas. Vamos a descubrir juntos qué significa ser enviado por Jesús, con autoridad y propósito.
Contexto Biblico
Para entender bien este pasaje, tenemos que ubicarnos en el evangelio de Mateo, que es como un tesoro escondido en el Nuevo Testamento. Para el capítulo 10, Jesús ya había llamado a sus discípulos, había enseñado en las sinagogas y había sanado a muchos enfermos. La gente andaba como ovejas sin pastor, desorientada y sufriendo, y Jesús sintió compasión por ellos. Es ahí donde decide no quedarse solo con sus milagros, sino que quiere multiplicar el trabajo, involucrando a otros en su misión de amor.
Este capítulo es conocido como el ‘Discurso Misionero’, y es el segundo de los cinco grandes discursos que Mateo recoge de Jesús. El contexto social era duro: el pueblo judío vivía bajo la opresión romana, con hambre, enfermedades y una religión que a veces pesaba más que ayudaba. Jesús no solo quería aliviar el dolor físico, sino también anunciar el reino de los cielos, que ya estaba cerca. Por eso, antes de enviar a los doce, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para sanar toda enfermedad y toda dolencia. Ese era el respaldo que necesitaban.
La Historia
Corría el año 28 o 29 después de Cristo, en la región de Galilea, un lugar lleno de vida y también de necesidades. Jesús había pasado noches enteras orando, y de entre todos sus seguidores, escogió a doce hombres para que estuvieran con él y luego los envió a predicar. Los nombres de ellos los tenemos en Mateo 10:2-4: Simón Pedro y su hermano Andrés, Santiago y Juan (los hijos de Zebedeo), Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo (el cobrador de impuestos), Santiago (hijo de Alfeo), Tadeo, Simón el cananita y Judas Iscariote, el que después lo traicionó. Qué mezcla tan diversa, ¿cierto? Pescadores, un recaudador de impuestos, un zelote… gente que a los ojos del mundo no era perfecta, pero que Jesús los llamó por su nombre.
Cuando los tuvo listos, Jesús les dio instrucciones claras y precisas. Primero, les dijo: ‘No vayan a los gentiles ni a los samaritanos; vayan a las ovejas perdidas de la casa de Israel’. Es decir, la misión comenzaba por lo cercano, por su propia gente, para que después el mensaje llegara a todo el mundo. Y no era solo predicar, sino que les dio poder para sanar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y expulsar demonios. ‘De gracia recibieron, den de gracia’, les dijo, recordándoles que el poder no era para enriquecerse, sino para servir.
Pero también les advirtió que no sería fácil. Les dijo que los enviaba como ovejas en medio de lobos, y que debían ser astutos como serpientes y sencillos como palomas. Les habló de que los entregarían a los tribunales, los azotarían en las sinagogas y los llevarían ante gobernadores por causa de él. Aun así, no debían preocuparse por lo que dirían, porque el Espíritu del Padre hablaría por ellos. ¿Te imaginas el miedo que sintieron? Pero también la confianza al saber que no iban solos.
Jesús continuó con más instrucciones prácticas: no llevar oro ni plata ni cobre en sus cintos, ni bolsa, ni dos túnicas, ni sandalias de repuesto, ni bastón. El trabajador merece su sustento, así que debían depender de la hospitalidad de la gente. Al entrar a un pueblo, debían buscar a una persona digna y quedarse ahí hasta irse. Y si no los recibían, debían sacudir el polvo de sus pies como testimonio, porque ese pueblo sería tratado peor que Sodoma y Gomorra en el día del juicio. Esto no era una sugerencia, era un mandato con consecuencias.
Finalmente, Jesús les recordó que no todo el mundo los iba a aceptar. ‘Vienen a traer espada, no paz’, les dijo, refiriéndose a la división que el evangelio puede causar incluso en las familias. Pero les prometió que aquel que los recibiera, a él lo recibía, y que el que diera un vaso de agua fría a uno de sus discípulos, no perdería su recompensa. Los doce salieron entonces, con miedo y fe al mismo tiempo, y experimentaron el poder de Dios de maneras asombrosas. Esta historia nos muestra que la misión es un llamado serio, con riesgos, pero con la garantía de la presencia de Cristo.
Significado Teologico
Este pasaje no es solo un relato histórico; es una lección profunda sobre la autoridad y la misión de la iglesia. Jesús no les dio un manual de éxito terrenal, sino que los envió a proclamar el reino de Dios con señales que lo respaldaran. La autoridad que les dio no era para su beneficio personal, sino para manifestar el amor de Dios a los enfermos y oprimidos. Esto nos enseña que el poder espiritual verdadero siempre está al servicio del evangelio, nunca para alimentar el ego.
Además, el hecho de que Jesús eligiera a doce hombres comunes, con defectos y todo, nos habla de la gracia de Dios. No eran perfectos, no eran teólogos, pero eran disponibles. La misión no depende de nuestra capacidad, sino de la obediencia y la dependencia del Espíritu Santo. También vemos que el mensaje del reino trae una crisis de decisión: no se puede ser neutral. El evangelio divide, pero también une a los que responden a la verdad. Y la promesa final, ‘yo estaré con vosotros’, aunque aquí es implícita, se hace realidad en cada enviado.
Lecciones para Hoy
Hoy, en Colombia, con tantas necesidades, violencia y desesperanza, esta historia nos habla directamente. Primero, todos los creyentes somos enviados por Jesús a nuestro ‘Galilea’: nuestra casa, nuestro barrio, nuestro trabajo. No necesitamos un título ministerial para compartir el amor de Dios; solo necesitamos estar dispuestos a ir. Segundo, la provisión de Dios es suficiente. A veces nos preocupamos por el dinero y los recursos, pero Jesús nos invita a confiar en que él suplirá lo necesario a través de su pueblo.
Otra lección clave es que no debemos buscar la comodidad. La misión implica incomodidad, rechazo y hasta persecución. Pero también nos da el privilegio de ser instrumentos de sanidad y esperanza. En un país donde la gente sufre de depresión, violencia y adicciones, nosotros llevamos la medicina del cielo. Y por último, recordemos que la recompensa no es solo futura, sino también presente: ver vidas transformadas, familias restauradas y comunidades que conocen a Jesús. Eso vale más que cualquier tesoro.
Preguntas Frecuentes
¿Por qué Jesús envió a los apóstoles solo a las ovejas perdidas de Israel?
Porque el plan de Dios era primero alcanzar a Israel, el pueblo del pacto, para que después, a través de ellos, el evangelio llegara a todas las naciones. Era una estrategia divina: la salvación viene de los judíos, y los apóstoles debían comenzar donde ya había una base de la revelación de Dios. Además, esto muestra que Dios respeta un orden y un tiempo para cada cosa.
¿Qué significa ‘sacudir el polvo de los pies’?
Era una acción simbólica que los judíos hacían al salir de territorios gentiles, para mostrar que no querían llevar nada de esa contaminación. En el contexto de la misión, significaba que la responsabilidad de rechazar el mensaje recaía sobre el pueblo que no lo recibía, y los discípulos quedaban limpios de esa culpa. Es una advertencia seria sobre cómo tratamos el mensaje de Dios.
¿Los apóstoles tenían que ser perfectos para ser enviados?
No, para nada. Eran hombres con miedos, dudas y defectos. Pedro lo negó, Tomás dudó, Judas lo traicionó. Pero Jesús los llamó y los capacitó con su autoridad. Esto nos da esperanza: no necesitamos ser perfectos para servir a Dios; solo necesitamos un corazón dispuesto y obediente. Él hace la obra a través de nosotros.