Hay momentos en la vida que se nos quedan grabados para siempre, y las últimas palabras de alguien que amamos son sagradas. En el Evangelio de Mateo, capítulo 27, encontramos el momento más intenso de toda la historia humana: el Hijo de Dios clavado en una cruz, pronunciando sus últimas frases antes de entregar su espíritu. Para nosotros los colombianos, que valoramos tanto la familia y la fe, entender qué dijo Jesús en ese instante nos conecta con el corazón mismo de Dios. No son simplemente palabras antiguas; son un testamento vivo que sigue hablando hoy a nuestras calles, nuestras casas y nuestras iglesias.
Contexto Biblico
Para comprender la magnitud de las últimas palabras de Jesús en la cruz, debemos ubicarnos en el contexto histórico y espiritual del primer siglo. El Evangelio de Mateo fue escrito principalmente para una audiencia judía, con el propósito de demostrar que Jesús es el Mesías prometido en el Antiguo Testamento. En el capítulo 27, Mateo narra la pasión de Cristo con un detalle sobrio pero profundo, mostrando cómo se cumplen las Escrituras una a una. La crucifixión era el castigo romano más cruel y vergonzoso, reservado para esclavos y rebeldes, y Jesús la sufrió en su totalidad.
El relato de Mateo se enfoca en la oscuridad sobrenatural que cubrió la tierra desde el mediodía hasta las tres de la tarde, un evento que no fue un simple fenómeno meteorológico sino una señal divina del juicio que estaba ocurriendo. Durante esas tres horas de tinieblas, Jesús cargó con el pecado del mundo entero, sintiendo el peso de la separación del Padre. Es crucial entender que mientras los otros evangelios registran diferentes frases de Jesús en la cruz, Mateo y Marcos se centran en el grito de abandono, mientras que Lucas y Juan incluyen palabras de perdón y cuidado. Juntos, forman un cuadro completo de la obra redentora.
La Historia
Después de ser azotado, coronado de espinas y obligado a cargar su propia cruz hasta el Gólgota, Jesús fue crucificado entre dos ladrones. Mateo nos dice que a su lado crucificaron a dos malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda, cumpliendo así la profecía de Isaías que decía que sería contado con los transgresores. Los soldados romanos, ajenos a la magnitud de lo que estaba sucediendo, se repartieron sus vestiduras y echaron suertes sobre ellas, indiferentes al dolor del Rey de reyes. Sobre su cabeza colocaron un letrero con su acusación: ‘ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS’, una burla que sin saberlo proclamaba la verdad más grande del universo.
Mientras colgaba en agonía, las autoridades religiosas, los ancianos y los escribas se burlaban de él sin piedad. Le decían: ‘A otros salvó; a sí mismo no puede salvarse; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él’. Incluso los ladrones que estaban crucificados con él le lanzaban insultos al principio. Pero Jesús permaneció en silencio, soportando la humillación y el dolor físico más extremo que un ser humano pueda experimentar. Su silencio no era debilidad sino una obediencia absoluta al plan del Padre, pues sabía que solo a través de su muerte sacrificial se abriría el camino de salvación para toda la humanidad.
Llegó el mediodía, y de repente una oscuridad inexplicable cubrió toda la tierra. Esa oscuridad duró tres horas, un tiempo en el que Jesús cargó con el pecado de todos los siglos: tus pecados, los míos, los de cada persona que ha caminado sobre la tierra. En ese momento, el Padre apartó su rostro de su Hijo, porque Dios es tan santo que no puede mirar el pecado. Fue entonces cuando Jesús, en medio de la angustia más profunda que jamás se haya sentido, exclamó a gran voz: ‘Elí, Elí, ¿lama sabactani?’ que significa: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’. Estas palabras, tomadas del Salmo 22, no expresan duda sino el cumplimiento exacto de la profecía mesiánica escrita mil años antes.
Algunos de los que estaban allí, al oírlo, pensaron que llamaba a Elías, y uno de ellos corrió a llenar una esponja con vinagre, la puso en una caña y le dio de beber. Pero Jesús, habiendo tomado el vinagre, dio un fuerte grito y entregó su espíritu. En ese preciso instante, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y los sepulcros se abrieron. El velo que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo, que simbolizaba la separación entre Dios y el hombre, fue rasgado por la mano de Dios mismo. Ya no había más barrera; el camino al Padre quedaba abierto para todos los que creyeran en Cristo.
El centurión romano, que había visto muchas crucifixiones en su vida, al observar el terremoto y las cosas que habían sucedido, quedó aterrado y dijo: ‘Verdaderamente este era Hijo de Dios’. Este hombre pagano, endurecido por la guerra y la violencia, fue testigo del poder sobrenatural de la muerte de Jesús y confesó su divinidad. Las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea, entre ellas María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo, estaban allí observando desde lejos. Ellas serían testigos fieles tanto de su muerte como de su resurrección, mostrando que el ministerio de Jesús siempre incluyó a mujeres valientes y comprometidas.
Significado Teologico
Las últimas palabras de Jesús en la cruz, según Mateo, tienen un significado teológico profundo que trasciende el simple sufrimiento físico. El grito ‘¿Por qué me has desamparado?’ revela la realidad de la expiación sustitutoria: Jesús tomó nuestro lugar y experimentó la separación de Dios que merecíamos por nuestros pecados. No fue un abandono caprichoso; fue el juicio justo de Dios cayendo sobre su Hijo para que nosotros no tuviéramos que enfrentarlo. Esta es la esencia del evangelio: Cristo se hizo maldición por nosotros para redimirnos de la maldición de la ley.
La rasgadura del velo del templo de arriba abajo tiene un significado que no podemos pasar por alto. Este velo era de aproximadamente 18 metros de alto y 10 centímetros de grosor, y solo el sumo sacerdote podía pasarlo una vez al año, en el Día de la Expiación, con sangre de sacrificios. Al rasgarse en el momento exacto de la muerte de Jesús, Dios declaró que el sacrificio de Cristo era suficiente y que ahora todos, sin excepción, tenemos acceso directo a su presencia. Ya no necesitamos intermediarios humanos ni sacrificios repetidos; Jesús es nuestro único y suficiente mediador.
Además, el terremoto y la apertura de los sepulcros que Mateo registra nos hablan del poder cósmico de la muerte de Cristo. La creación entera respondió al sufrimiento de su Creador, y la resurrección de los santos que se menciona después de la resurrección de Jesús es una anticipación de la resurrección final que todos los creyentes esperamos. La muerte de Jesús no fue un evento aislado; fue la victoria definitiva sobre el pecado, la muerte y el infierno, inaugurando una nueva creación donde la muerte ya no tiene la última palabra.
Lecciones para Hoy
En nuestra vida diaria en Colombia, enfrentamos situaciones que nos hacen sentir abandonados: problemas económicos, enfermedades, conflictos familiares, violencia en nuestras calles. Pero las últimas palabras de Jesús nos enseñan que Dios no nos abandona, incluso cuando sentimos que sí. Jesús mismo experimentó ese sentimiento de abandono para poder identificarse con nosotros en nuestras horas más oscuras. Cuando clamamos a Dios desde el fondo de nuestro dolor, él no se escandaliza de nuestras preguntas; su Hijo ya las pronunció por nosotros, y podemos acercarnos confiadamente al trono de la gracia.
La muerte de Jesús nos enseña que el silencio de Dios no significa ausencia de Dios. Durante tres horas de oscuridad, Jesús no sintió la presencia consoladora del Padre, pero el Padre nunca dejó de sostenerlo. De la misma manera, cuando atravesamos pruebas que parecen interminables y el cielo parece de bronce, debemos recordar que Dios está obrando detrás de escena. La rendición final de Jesús, ‘entregó su espíritu’, nos muestra que rendirse a la voluntad de Dios no es derrota sino la victoria más grande, porque es confiar en que el Padre tiene un plan mayor que el que nosotros podemos ver.
Finalmente, la confesión del centurión romano nos recuerda que la cruz es poderosa para transformar incluso a los más escépticos. Este hombre había visto morir a muchos criminales, pero la muerte de Jesús fue diferente porque estaba acompañada de señales sobrenaturales. Hoy, cuando compartimos el evangelio con nuestros vecinos, amigos o familiares, no debemos subestimar el poder de la cruz para ablandar corazones endurecidos. La misma escena que convenció a un soldado romano puede convencer al corazón más incrédulo de nuestra nación, porque la cruz no es palabra de hombres sino poder de Dios.
Preguntas Frecuentes
¿Por qué Jesús dijo ‘Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado’ si él era Dios?
Esta es una pregunta muy común entre los creyentes. Jesús no estaba dudando de su divinidad ni del amor del Padre, sino que estaba cumpliendo la profecía del Salmo 22 y experimentando en su humanidad la separación que el pecado produce. Como nuestro sustituto, él cargó con el castigo completo por el pecado, que es la separación de Dios. Fue un grito de angustia real, pero también una declaración de que las Escrituras se estaban cumpliendo al pie de la letra.
¿Cuáles son las siete palabras de Jesús en la cruz?
Aunque Mateo solo registra una de las frases, los cuatro evangelios juntos nos dan siete declaraciones de Jesús en la cruz: ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ (Lucas), ‘De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso’ (Lucas), ‘Mujer, he ahí tu hijo’ (Juan), ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’ (Mateo y Marcos), ‘Tengo sed’ (Juan), ‘Consumado es’ (Juan) y ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’ (Lucas). Juntas forman un mensaje completo de perdón, provisión, sufrimiento y victoria.
¿Qué significa que el velo del templo se rasgó de arriba abajo?
El velo del templo separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo, donde habitaba la presencia de Dios. Solo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año con sangre. Al rasgarse de arriba abajo en la muerte de Jesús, Dios mostró que él mismo abrió el camino hacia su presencia. Ya no hay separación entre Dios y el hombre; todos podemos acercarnos a él directamente por medio de Jesucristo, sin necesidad de sacrificios ni mediadores humanos.