Mire, esa pregunta del diezmo es de las que más vueltas da en las iglesias de Colombia. Uno escucha de todo: que si es ley, que si es gracia, que si toca o no toca. Y la verdad, muchos creyentes se sienten confundidos cuando el pastor pide el diezmo y ellos apenas alcanzan a pagar el arriendo. Por eso hoy vamos a mirar qué dice realmente la Biblia, sin rodeos y con el corazón abierto. Vamos a desmenuzar el asunto para que usted mismo saque sus conclusiones con bases sólidas.
Contexto Bíblico
Para entender el diezmo hay que irse hasta el Antiguo Testamento, donde Dios estableció un sistema completo para sostener a la tribu de Leví, que no recibió tierra como las demás. En Levítico 27:30 leemos que todo diezmo de la tierra, ya sea de la siembra o del fruto, es del Señor. Eso era sagrado, no era una sugerencia ni una contribución voluntaria, era un mandato con propósito específico: mantener el templo, los sacerdotes y atender al necesitado.
Pero ojo, el diezmo no empezó con Moisés, porque Abraham ya le dio diezmos a Melquisedec en Génesis 14, y Jacob prometió diezmar cuando Dios lo bendijera. Así que la práctica viene de mucho antes de la ley mosaica. Sin embargo, el contexto cambia radicalmente con la llegada de Jesús y el nuevo pacto, donde ya no hay templo físico ni sacerdocio levítico como antes. Por eso muchos estudiosos preguntan si el diezmo sigue vigente o si fue reemplazado por un principio mayor de generosidad.
La Historia
Imagínese a un campesino en las montañas de Antioquia, digamos que se llama Don Álvaro, que cada domingo iba a su iglesia con su sobre de diezmo. Él tenía una finquita de café y plátano, y desde que se convirtió le enseñaron que diezmar era obligatorio para que Dios abriera las ventanas de los cielos. Pero un año hubo una sequía tremenda, el café se dañó y las deudas crecieron. Don Álvaro se preguntaba si Dios realmente quería que quitara el pan de la mesa de sus hijos para llevarlo a la iglesia. Esa angustia lo llevó a estudiar la Biblia como nunca antes.
Al abrir el libro de Malaquías capítulo 3, Don Álvaro encontró el famoso versículo de las ventanas de los cielos, pero también notó que Dios hablaba con una nación que tenía un templo y sacerdotes activos. Él no era israelita bajo esa economía, era un creyente del nuevo pacto. Entonces se puso a leer el Nuevo Testamento y se sorprendió: Jesús mencionó el diezmo solo para reprender a los fariseos que descuidaban la misericdad y la fe. Pablo, el gran apóstol, nunca ordenó diezmar a las iglesias gentiles, sino que hablaba de dar según lo que cada uno había prosperado, con alegría.
Don Álvaro siguió investigando y encontró que en la iglesia primitiva, como se ve en Hechos, los creyentes compartían todo, pero no por un porcentaje obligatorio, sino por amor y necesidad real. También halló que el apóstol Pablo en 2 Corintios 9 animaba a dar generosamente, pero no por ley, porque Dios ama al dador alegre. Eso le cambió el chip, porque entendió que el diezmo era una sombra de algo más grande: la entrega total de la vida a Cristo, que es mucho más que un diez por ciento de las finanzas.
Al final, Don Álvaro no dejó de dar, sino que empezó a dar con otra motivación. Apartaba un porcentaje para su iglesia, pero también ayudaba a una viuda del barrio y apoyaba a un joven que quería estudiar. Comprendió que el principio de honrar a Dios con las primicias seguía vigente, pero que el nuevo pacto elevaba la vara: ya no es el diezmo, es todo lo que somos y tenemos. Su pastor no quedó muy contento al principio, pero cuando vio la generosidad espontánea de Don Álvaro y otros hermanos, tuvo que reconocer que el Espíritu estaba obrando.
Esa historia refleja lo que muchos cristianos colombianos viven hoy: entre el temor a la maldición y la libertad del evangelio. La solución no está en legalismo ni en descuido, sino en entender que Dios mira el corazón, no el porcentaje. La verdadera pregunta no es cuánto debo dar, sino cómo honro a Dios con todo lo que me ha confiado, incluso cuando las finanzas están apretadas.
Significado Teológico
El diezmo en el Antiguo Testamento era un tipo de Cristo, porque apuntaba a que Dios provee para su obra a través de su pueblo, y a que Él merece la primacía en todo. Cuando Cristo vino, cumplió la ley y estableció un sacerdocio mejor, como dice Hebreos, y con eso cambió también la forma de sostener la obra. Ya no hay un templo físico exclusivo, porque el templo somos nosotros, y los recursos se usan para el evangelio, el discipulado y el cuidado de los pobres.
El apóstol Pablo fue claro al decir que el que siembra escasamente, cosecha escasamente, y que cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por necesidad. Eso significa que la generosidad del creyente debe ser voluntaria, proporcional a la bendición recibida y con gozo. El diezmo no es malo, pero no es la medida máxima de nuestra obediencia; es una guía práctica que muchos usan como punto de partida, pero no como una camisa de fuerza que genere culpa o miedo.
La teología del nuevo pacto nos llama a una mayordomía integral: administramos tiempo, talentos, dinero y dones para la gloria de Dios. Si una persona decide diezmar como disciplina espiritual, está bien, pero no puede imponerlo como requisito de salvación o de membresía. La Biblia dice que la fe sin obras está muerta, pero también que somos salvos por gracia, no por obras, para que nadie se jacte. Entonces, el dar debe fluir de la gratitud, no del miedo a una maldición.
Lecciones para Hoy
Primero, debemos dejar de usar el diezmo como un talismán para que Dios nos bendiga, porque eso es casi una actitud pagana de comprar favores divinos. Dios no se vende ni se soborna, y Él ya nos bendijo con toda bendición espiritual en Cristo. Nuestra ofrenda es una respuesta de amor, no una transacción comercial. Si damos con la expectativa de que Dios nos va a devolver más dinero, estamos perdiendo el verdadero sentido de la adoración.
Segundo, cada creyente debe buscar en oración cuánto dar y a dónde, priorizando la iglesia local donde se alimenta espiritualmente, pero sin descuidar al necesitado que está fuera de las paredes del templo. En Colombia hay mucha necesidad, y el evangelio se predica también con hechos concretos de solidaridad. Un cristiano que solo da para su congregación y no ve al pobre de su calle, tiene un evangelio incompleto.
Tercero, los líderes deben enseñar sobre mayordomía con transparencia, rendición de cuentas y sin manipulación emocional. Es lamentable cuando se usa el miedo o la culpa para presionar a los fieles, especialmente a los más vulnerables. La iglesia debe ser un lugar donde se aprende a dar con libertad, sabiendo que Dios suple cada necesidad según sus riquezas en gloria, y que nadie es más espiritual por dar más.
Preguntas Frecuentes
¿Es pecado no diezmar bajo el nuevo pacto?
Bíblicamente, el diezmo como ley ceremonial del Antiguo Testamento no se aplica directamente a los cristianos, porque estamos bajo el nuevo pacto. Sin embargo, retener lo que hemos prometido a Dios o ser egoístas cuando tenemos abundancia sí es pecado, porque la Biblia nos llama a ser generosos y a no amar el dinero. Lo importante es que su conciencia esté tranquila y que dé con fe, no por obligación.
¿Entonces cuánto debo dar a mi iglesia?
El Nuevo Testamento no fija un porcentaje, pero Pablo sugiere que apartemos algo según hayamos prosperado, y que sea con alegría. Muchos cristianos usan el diezmo como una referencia saludable, pero el principio es dar sacrificialmente y de manera sistemática. Si usted gana un salario mínimo, un 5% puede ser un gran sacrificio, y Dios lo ve con amor, mientras que un millonario que da el 10% quizás no sienta nada.
¿El diezmo era solo para los sacerdotes levíticos?
Sí, el diezmo del Antiguo Testamento estaba destinado al sostenimiento de los levitas y los sacerdotes, que no tenían herencia de tierra, y también para los huérfanos, viudas y extranjeros. En el nuevo pacto, el sostén de los ministros del evangelio sigue siendo un deber de la iglesia, pero no bajo el esquema legal del diezmo, sino mediante ofrendas voluntarias y justas remuneraciones.