Mire, usted sabe que hay cosas que uno escucha y le cambian la vida para siempre, ¿cierto? El apóstol Pablo lo sabía bien, y por eso arrancó su carta a los romanos con una declaración que todavía nos sacude el alma: ‘No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree’. En un mundo donde todo el mundo quiere aparentar y tener la razón, este mensaje llega como un baldado de agua fría, recordándonos que la verdadera fuerza no está en nosotros, sino en lo que Dios ya hizo. Prepárese porque vamos a desmenuzar este capítulo como quien pela una mazorca, capa por capa, para que vea por qué este versículo es el corazón de la fe cristiana.
Contexto Bíblico
Para entender bien Romanos 1, hay que ponerse en los zapatos de Pablo cuando escribió esta carta. Corría el año 57 d.C., más o menos, y el apóstol estaba en Corinto, listo para viajar a Jerusalén con una ofrenda para los hermanos necesitados. Pero él tenía una espinita clavada: visitar Roma, una ciudad que hervía de poder, pecado y religiones de todo tipo. Los romanos no eran cualquier cosa; eran el imperio más fuerte del momento, y Pablo sabía que si el evangelio prendía allí, podía cambiar el mundo. Por eso esta carta no es un simple saludo, sino una declaración de guerra espiritual contra las ideas de que uno se salva por ser buena persona o por cumplir ritos.
Además, la iglesia en Roma era un revoltijo de judíos y gentiles, como decir una mezcla de costeños y cachacos que no se ponían de acuerdo en cómo adorar a Dios. Los judíos creían que por ser descendientes de Abraham ya tenían el cielo ganado, mientras que los gentiles pensaban que la ley de Moisés era puro cuento. Pablo, con toda la autoridad que le dio Jesús en el camino a Damasco, les mete los puntos sobre las íes: el evangelio es para todos, sin distinción, y el poder no está en la sangre ni en las tradiciones, sino en la fe. Este capítulo es la puerta de entrada a todo el libro, y si uno no lo agarra bien, pierde el hilo de la salvación.
La Historia
Pablo arranca presentándose como ‘siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios’. O sea, no está hablando por hablar; él recibió un encargo directo del cielo, y eso le da una autoridad que ni el mismo emperador romano podía igualar. El apóstol no está escribiendo un ensayo filosófico, sino una carta viva, como cuando uno le escribe a un familiar lejano para contarle la buena nueva. Él les dice que el evangelio ya había sido prometido por los profetas en las Escrituras, y que se cumplió en Jesús, que era descendiente de David según la carne, pero fue declarado Hijo de Dios con poder por la resurrección. Esa es la clave: Jesús no es un profeta más, es Dios mismo hecho hombre, y su victoria sobre la muerte es lo que le da poder al mensaje.
Luego, Pablo suelta una frase que es como un puñetazo en el estómago: ‘No me avergüenzo del evangelio’. Imagínese usted en esa época, rodeado de filósofos griegos que se reían de la resurrección, de judíos que pedían señales y de romanos que adoraban al César. Decir que un judío crucificado era el salvador del mundo era una locura para los oídos cultos. Pero Pablo no se achicaba; al contrario, sabía que ese mensaje que parecía débil era el poder de Dios para transformar al que cree, primero al judío y también al griego. Porque en el evangelio se revela la justicia de Dios, no la que uno gana por portarse bien, sino la que se recibe por fe, como dice el profeta Habacuc: ‘El justo por la fe vivirá’.
El apóstol no se queda ahí, sino que pasa a describir cómo la humanidad, a pesar de conocer a Dios, no lo glorificó ni le dio gracias. En lugar de eso, se hicieron necios, cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes de hombre mortal, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Es como si uno tuviera un tesoro y lo cambiara por baratijas. Pablo dice que por eso Dios los entregó a la impureza, a las pasiones vergonzosas y a una mente depravada. No es que Dios los obligara a pecar, sino que les soltó la mano para que cosecharan lo que sembraron. Y ahí viene una lista bien dura: injusticia, maldad, avaricia, envidia, homicidio, contienda, engaño, murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, sin entendimiento, sin lealtad, sin afecto natural, sin misericordia.
Pero mire lo más grave: Pablo dice que ellos, sabiendo que los que hacen estas cosas merecen la muerte, no solo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican. Eso es como el que ve una pelea y en vez de separar, grita ‘dales duro’. La sociedad romana estaba podrida por dentro, y el pecado no era solo un acto aislado, sino una cultura que aplaudía la maldad. Sin embargo, Pablo no está señalando solo a los paganos; él está pintando un cuadro de toda la humanidad sin Dios. Porque al final del capítulo, él deja claro que todos, judíos y gentiles, estamos bajo pecado, y que nadie puede presumir de ser mejor. La única salida es el evangelio, ese poder que transforma al peor de los pecadores en un hijo de Dios.
Significado Teológico
El centro de Romanos 1 es la revelación de la justicia de Dios, y eso es una idea que le partió la cabeza a la teología de la época. Los judíos pensaban que la justicia era algo que uno ganaba obedeciendo la ley, como quien acumula puntos en una tarjeta de crédito. Pero Pablo dice que la justicia de Dios se revela en el evangelio ‘de fe en fe’, o sea, es un regalo que se recibe por confiar en Jesús, no por méritos propios. Esto no significa que la ley sea mala, sino que nadie puede cumplirla al cien por ciento, y por eso necesitamos un salvador. La fe no es un esfuerzo humano, sino una respuesta al amor de Dios que nos busca primero.
Otro punto clave es la ira de Dios, que Pablo menciona como algo real, pero no como un Dios berraco que está esperando a que uno la cague para castigarlo. La ira de Dios es su respuesta santa contra el pecado, y se manifiesta en que Él ‘entrega’ a la humanidad a las consecuencias de sus propias decisiones. Es como cuando un papá le suelta la mano al hijo terco para que se caiga y aprenda. Dios no es el autor del pecado, pero permite que el pecado siga su curso para que la gente vea que sin Él solo hay caos. Eso nos lleva a entender que el evangelio no es solo una buena noticia, sino la única noticia que puede sacarnos del hueco en el que estamos metidos.
Lecciones para Hoy
En la Colombia de hoy, donde todo el mundo tiene una opinión sobre Dios pero pocos viven como si Él existiera, Romanos 1 nos cae como anillo al dedo. Vivimos en una sociedad que cambió la verdad de Dios por la mentira, y adoramos la creación en lugar del Creador. Mire no más cuánta gente pone la plata, el trabajo, el físico o hasta el futbol como el centro de su vida, y al final terminan vacíos y amargados. La lección es clara: cuando uno le da la espalda a Dios, no es que se vuelva libre, sino que se esclaviza a sus propias pasiones. El evangelio nos invita a devolverle a Dios el primer lugar, no por miedo, sino porque solo Él puede llenar ese hueco que tenemos en el alma.
Además, este capítulo nos reta a no avergonzarnos del evangelio en un mundo que se burla de la fe. Aquí en Colombia, a veces es más fácil callarse para no quedar como un ‘mojigato’ o un ‘creyente fanático’. Pero Pablo nos enseña que el evangelio no es una opción más entre muchas, sino el poder de Dios para salvar. Eso no significa que andemos por la vida echando sermones a la brava, sino que vivamos de tal manera que nuestra vida hable más fuerte que nuestras palabras. Cuando uno entiende que fue rescatado de la condena, no puede quedarse callado; la gratitud lo lleva a compartir lo que recibió, con respeto y con amor, pero sin esconder la verdad.
Preguntas Frecuentes
¿Qué significa que el evangelio es ‘poder de Dios’?
Significa que el mensaje de la muerte y resurrección de Jesús no es un simple consejo bonito o una filosofía más, sino la fuerza misma de Dios actuando para transformar vidas. En la biblia, la palabra ‘poder’ (dynamis en griego) es la misma que usamos para ‘dinamita’. Así que cuando usted escucha el evangelio y lo cree, Dios pone una bomba de amor y cambio en su corazón que lo capacita para vivir de una manera nueva, libre del pecado y con propósito eterno.
¿Por qué Pablo dice que Dios ‘entregó’ a la gente a sus pasiones?
Dios no obliga a nadie a pecar, sino que respeta la libertad humana. Cuando la gente decide persistentemente ignorarlo y vivir como si Él no existiera, Él simplemente les concede lo que piden: vivir sin su protección y dirección. Es como cuando un papá le da permiso a su hijo adolescente para que maneje el carro solo, sabiendo que puede estrellarse. Dios no abandona, pero permite que las consecuencias del pecado nos muestren nuestra necesidad de Él. Es un acto de justicia y de amor a la vez.
¿Romanos 1 enseña que todos los pecados son iguales?
No exactamente. Pablo lista una serie de pecados graves, pero su punto no es crear una jerarquía de maldad, sino mostrar que toda la humanidad, sin excepción, está bajo el poder del pecado y merece el juicio de Dios. Sin embargo, la buena noticia es que el evangelio ofrece salvación para cualquier pecado, por horrible que sea. La diferencia no está en el tamaño del pecado, sino en la actitud del corazón: reconocer que necesitamos a Jesús nos pone en el camino de la gracia, mientras que negarlo nos deja en la condena.