Mire, usted no necesita ser un experto en la Biblia para entender que la vida sería mucho más llevadera si todos nos tratáramos mejor. Pero, ¿qué significa realmente eso de ‘amar al prójimo como a uno mismo’ en el día a día, especialmente aquí en Colombia, donde a veces el tráfico y las filas del banco nos sacan el genio? En el Evangelio de Mateo, Jesús nos da una clave que va mucho más allá de un simple saludo cordial. Esa frase, que muchos hemos escuchado desde niños, encierra una revolución silenciosa que puede transformar su hogar, su trabajo y hasta su relación con el vecino que pone la música a todo volumen.
Contexto Bíblico
Para entender bien este mandamiento, tenemos que meternos en los zapatos de un judío del primer siglo. Jesús no estaba inventando algo nuevo de la nada; Él estaba citando directamente el libro de Levítico, capítulo 19, versículo 18, que ya ordenaba amar al prójimo. Sin embargo, en la época de Jesús, los líderes religiosos, especialmente los fariseos y los saduceos, habían llenado la ley de Dios con miles de reglas humanas que hacían casi imposible cumplirla. Ellos se preguntaban constantemente: ‘¿Y quién es mi prójimo?’, tratando de poner límites al amor para no tener que cargar con la responsabilidad de ayudar a todos.
El pasaje clave está en Mateo 22:34-40. Un fariseo, que era experto en la ley, se le acercó a Jesús con una trampa: quería ponerlo a prueba preguntándole cuál era el mandamiento más importante. En ese tiempo, los rabinos discutían sobre cuál de los 613 mandamientos de la ley de Moisés pesaba más. Unos decían que era la circuncisión, otros que el descanso del sábado, y otros que los sacrificios. Pero Jesús, con una sabiduría que dejó a todos callados, resumió toda la ley y los profetas en dos mandamientos que son como dos caras de una misma moneda: amar a Dios y amar al prójimo.
Lo revolucionario de la respuesta de Cristo es que Él unió inseparáblemente el amor a Dios con el amor al prójimo. Usted no puede decir que ama a Dios si no ama a la persona que tiene al lado, así sea la que le cae mal. El apóstol Juan lo explicaría después en su primera carta: ‘Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso’. En el contexto colombiano, esto nos confronta directamente: no vale la pena ir a misa todos los domingos si después tratamos mal a la empleada del servicio, al vigilante o al familiar que nos debe plata.
La Historia
Imagínese el escenario: estamos en el templo de Jerusalén, un lugar bullicioso lleno de vendedores de palomas, cambistas de monedas y maestros discutiendo. Los fariseos, que siempre andaban buscando cómo desacreditar a Jesús, armaron un conciliábulo para tenderle una trampa. Escogieron a un abogado, un experto en la ley, para que le hiciera la pregunta del millón: ‘Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?’. Ellos esperaban que Jesús escogiera uno solo para acusarlo de despreciar los demás. Pero el Señor, que conocía los corazones, les dio una respuesta que los dejó sin piso.
Jesús comenzó citando el Shemá, la oración más importante del judaísmo que todo israelita recitaba al despertar y al acostarse: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente’. Ese era el primer mandamiento. Pero no se quedó ahí. Sin pausa, añadió: ‘Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Al decir que era ‘semejante’, Jesús estaba elevando el amor al prójimo a la misma categoría que el amor a Dios. No es que uno sea más importante que el otro, sino que los dos van agarrados de la mano y no se pueden separar.
La multitud que estaba alrededor quedó impactada, porque ningún rabino se había atrevido a poner el amor al prójimo al mismo nivel que el amor a Dios. Los fariseos pensaban que cumplían la ley con solo no matar, no robar y no adulterar, pero Jesús les estaba diciendo que la ley se resumía en una actitud del corazón. No se trata de cumplir un reglamento, sino de amar de verdad. Y ese amor no es un sentimiento bonito, sino una decisión que se demuestra con acciones concretas: perdonar, compartir, visitar al enfermo, ayudar al necesitado, incluso cuando nadie lo está viendo.
Para nosotros los colombianos, esta historia tiene un sabor especial. Vivimos en un país donde la solidaridad brota en medio de la dificultad, pero también donde el rencor y la desconfianza a veces nos dividen. Jesús nos está invitando a romper ese círculo vicioso. El amor al prójimo no es solo dar una limosna de vez en cuando, sino tratar al otro como nos gustaría ser tratados: con respeto, con dignidad, con paciencia. Es acordarse del que está en la cárcel, del desplazado, del que perdió todo en una inundación, pero también del compañero de trabajo que nos cae pesado.
Al final del diálogo, Jesús les dejó una puntada final: ‘De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas’. Con esa frase, Él estaba diciendo que si usted logra vivir estos dos amores, automáticamente está cumpliendo todo lo demás. No necesita andar haciendo listas de lo que está bien o mal; si usted ama a Dios y ama a su prójimo, no va a robar, no va a mentir, no va a ser infiel, no va a matar. El amor se convierte en el motor que impulsa todas las demás virtudes. Esa es la sabiduría práctica que Jesús nos regaló ese día en el templo.
Significado Teológico
El mandamiento de ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’ tiene una profundidad teológica que muchos pasan por alto. Primero, establece que el amor propio no es pecado, sino la base para amar a los demás. Dios no nos pide que nos odiemos a nosotros mismos para poder amar al otro, sino que nos valoremos como criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios, y desde ese amor sano, podamos extender ese mismo trato a los demás. Si usted no se quiere a sí mismo de manera equilibrada, difícilmente podrá amar bien a su prójimo.
Segundo, Jesús nos muestra que el amor no es opcional ni un adorno bonito de la vida cristiana, sino la esencia misma de la fe. En el Evangelio de Juan, capítulo 13, versículo 35, Jesús dice: ‘En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros’. La señal de identidad del cristiano no es una cruz en el cuello ni un letrero en la casa, sino la capacidad de amar como Él amó. Eso implica un amor sacrificial, que no busca su propio interés, sino el bien del otro, así como Cristo dio su vida por nosotros.
Finalmente, este mandamiento nos recuerda que el prójimo no tiene fronteras. En la parábola del Buen Samaritano, que Lucas narra justo después de este episodio, Jesús deja claro que el prójimo es cualquier persona que necesita de nuestra ayuda, sin importar su raza, religión o condición social. En un mundo globalizado como el nuestro, donde tenemos acceso a noticias de todo el mundo, nuestro prójimo también es el migrante venezolano que llega a la ciudad, el campesino que sufre por la sequía o la familia que perdió su casa en un desastre natural. El amor cristiano no conoce de fronteras ni de nacionalidades.
Lecciones para Hoy
En la Colombia de hoy, donde a veces parece que la violencia, la corrupción y la desigualdad nos tienen cansados, este mandamiento es un llamado a la acción. Amar al prójimo como a uno mismo significa, por ejemplo, no evadir impuestos (porque ese dinero es para construir colegios y hospitales para otros), no sobornar al tránsito para que nos quite la multa (porque eso fomenta la injusticia), y no hablar mal del vecino a sus espaldas. Es un amor que se vuelve concreto en decisiones éticas diarias, así nadie nos esté viendo.
Otra lección práctica es que el amor al prójimo empieza en casa. Muchas veces somos amables con los de afuera pero tratamos mal a nuestra propia familia: al cónyuge, a los hijos, a los padres. Si usted no puede amar a su esposo o a su esposa, que es su prójimo más cercano, difícilmente podrá amar al desconocido. El evangelio nos llama a ser pacientes, a pedir perdón, a servir en casa con alegría. Ese es el laboratorio donde se aprende a amar de verdad. No se trata de hacer grandes obras, sino de pequeñas acciones cotidianas hechas con amor.
Finalmente, este mandamiento nos reta a salir de nuestra burbuja. En nuestras ciudades colombianas es fácil encerrarse en el conjunto cerrado, en el carro con vidrios polarizados, en el celular. Pero Jesús nos invita a ver al otro, a escucharlo, a tenderle la mano. Tal vez hoy pueda llamar a ese familiar que hace tiempo no habla con usted, o ayudar a ese vecino que está pasando trabajo, o simplemente sonreírle al señor del bus. El amor se construye con gestos pequeños, pero constantes. No espere a tener una gran oportunidad; la oportunidad está todos los días frente a sus ojos.
Preguntas Frecuentes
¿Qué significa exactamente ‘amar al prójimo como a ti mismo’?
Significa tratar a los demás con el mismo cuidado, respeto y compasión con que usted se trata a usted mismo. Así como usted se preocupa por su bienestar, su alimentación, su descanso y su dignidad, debe preocuparse por el bienestar de los demás. No se trata de un sentimiento romántico, sino de una decisión voluntaria de buscar el bien del otro, incluso cuando es difícil o cuando la otra persona no se lo merece. Jesús nos pide que pongamos al otro al mismo nivel que nosotros, sin egoísmo ni indiferencia.
¿Quién es mi prójimo según la Biblia?
Según la enseñanza de Jesús, especialmente en la parábola del Buen Samaritano (Lucas 10:25-37), su prójimo es cualquier persona que necesita de su ayuda, sin importar su origen, religión, nacionalidad o condición social. No es solo el amigo o el familiar, sino también el desconocido, el extranjero, el enemigo, el que piensa diferente. En el contexto colombiano, su prójimo puede ser el venezolano que pide en la esquina, el desplazado por la violencia, el reciclador que pasa por su calle o incluso el atracador arrepentido. No hay límites geográficos ni culturales para el amor cristiano.
¿Cómo puedo amar a mi prójimo si me ha hecho daño?
Amar al prójimo que nos ha ofendido es quizás la prueba más difícil del cristianismo. No significa que tenga que confiar ciegamente en quien le hizo daño ni que deba exponerse a más maltrato. Amar en este contexto implica perdonar de corazón, desear el bien de esa persona y no guardar rencor. El perdón no es olvido, sino una decisión de no dejar que el odio le amargue la vida. Puede empezar orando por esa persona, pidiendo a Dios que le ayude a sanar su corazón. Con el tiempo, Dios le dará la fuerza para tratarla con dignidad, aunque mantenga límites sanos para protegerse.
