Mire, en las iglesias de Colombia siempre se arma el mismo debate cuando llega el domingo de ofrendas: ¿el diezmo es obligatorio o ya pasó de moda? Muchos pastores predican que sin diezmo no hay bendición, mientras que otros cristianos se agarran la cabeza porque apenas les alcanza para el arriendo. La verdad es que este tema divide aguas y genera más dudas que certezas entre los creyentes. Por eso hoy vamos a meterle el diente a lo que realmente dice la Biblia sobre el diezmo, sin rodeos ni presiones.
Contexto Biblico
Para entender si un cristiano debe diezmar hoy en día, primero tenemos que viajar en el tiempo hasta el Antiguo Testamento. La palabra ‘diezmo’ viene del hebreo ‘ma’aser’ y significa literalmente ‘la décima parte’. Aparece por primera vez en Génesis 14 cuando Abraham le entrega el diezmo de todo lo que tenía al rey Melquisedec, que era sacerdote del Dios Altísimo. Ese fue un acto voluntario, no una ley escrita, pero marcó un precedente importante en la historia del pueblo de Dios.
Más adelante, en Levítico 27:30, Dios establece el diezmo como un mandamiento para la nación de Israel: ‘El diezmo de la tierra, ya sea de la simiente de la tierra o del fruto de los árboles, de Jehová es’. Esto no era solo una sugerencia bonita, sino una obligación legal que sostenía a la tribu de Leví, que no recibió herencia de tierra como las demás tribus. Los levitas se dedicaban al servicio del templo y necesitaban comer, así que el diezmo funcionaba como un sistema de soporte para el culto y para los pobres.
Pero ojo, porque el diezmo en el Antiguo Testamento no era solo una cosa de plata. La gente diezmaba de sus cosechas, de sus animales, del aceite y del vino. Era un sistema agrícola y económico completo que mantenía funcionando la vida religiosa de Israel. Además, cada tres años había un diezmo especial para los pobres, las viudas y los huérfanos. O sea, no era solo para llenar las arcas del templo, sino para cuidar a los más necesitados de la comunidad.
La Historia
Imagínese a un campesino israelita llamado Josué, que vivía en los montes de Judá hace unos tres mil años. Cada año, cuando llegaba la temporada de cosecha, Josué apartaba la décima parte de su trigo, su cebada, sus higos y sus uvas. También separaba uno de cada diez corderos de su rebaño. No era fácil, porque eso significaba menos comida para su familia y menos animales para vender en el mercado de Jerusalén. Pero Josué sabía que ese diezmo era sagrado, que pertenecía a Dios y que sostener a los levitas era su responsabilidad como parte del pacto.
Un día, Josué llevaba su diezmo al templo y se encontraba con Leví, un sacerdote que no tenía tierras propias. Leví recibía esos granos y animales con gratitud, porque de eso vivía su familia. Mientras Josué entregaba sus ofrendas, veía a las viudas y huérfanos recibir también su parte del diezmo del tercer año. Para Josué, diezmar no era un acto de religión aburrida, sino una forma de decir ‘Dios es el dueño de todo esto, yo solo administro’. Su corazón se llenaba de paz al saber que su obediencia mantenía vivo el altar de Dios.
Pero también existía el caso de un israelita llamado Acab, que odiaba diezmar. Él pensaba que el diezmo era un robo, que los sacerdotes se aprovechaban de la gente. Un año, Acab escondió parte de su cosecha y no entregó el diezmo completo. Al principio nadie se dio cuenta, pero con el tiempo su corazón se endureció. El profeta Malaquías, años después, le recordaría al pueblo que ‘¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado, y decís: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas’. La historia de Acab nos muestra que el problema del diezmo no era el dinero, sino la actitud del corazón frente a Dios.
Cuando llegamos al Nuevo Testamento, la cosa cambia radicalmente. Jesús habla del diezmo en Mateo 23:23, pero no para decir que hay que seguirlo al pie de la letra, sino para criticar a los fariseos que diezmaban hasta la menta y el comino, pero descuidaban la justicia y la misericordia. Jesús dijo: ‘Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello’. Es decir, no condenó el diezmo, pero dejó claro que lo más importante es el amor y la justicia. Los apóstoles, por su parte, nunca impusieron el diezmo como requisito para los cristianos gentiles. En Hechos 15, cuando decidieron qué reglas debían seguir los nuevos creyentes, el diezmo no apareció por ningún lado.
El apóstol Pablo fue aún más claro en 2 Corintios 9:7, donde escribió: ‘Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre’. Pablo no dijo ‘den el diezmo exacto’, sino que cada persona diera según su decisión personal y con alegría. En las iglesias del Nuevo Testamento, la ofrenda era voluntaria, generosa y motivada por el amor a Dios y a los hermanos. No había una ley escrita que obligara a dar el diez por ciento, sino un principio de generosidad sacrificial.
Significado Teologico
El verdadero significado del diezmo va mucho más allá de una transacción financiera con Dios. En el Antiguo Testamento, el diezmo era un recordatorio constante de que todo pertenece a Dios: la tierra, las cosechas, los animales, el dinero. Al diezmar, el israelita reconocía que Dios era el dueño de todo y que él solo era un administrador. Ese principio de mayordomía es fundamental para entender la relación del ser humano con Dios y con sus recursos.
En el Nuevo Testamento, el enfoque cambia de la ley a la gracia. Jesús no vino a abolir la ley, sino a cumplirla, y nos dio un nuevo mandamiento: amarnos unos a otros como Él nos amó. Eso significa que nuestra ofrenda ya no es un impuesto religioso, sino una expresión de amor y gratitud. El apóstol Pablo enseñó que los que predican el evangelio tienen derecho a vivir del evangelio, pero eso no se traduce en un porcentaje fijo. La generosidad del cristiano debe ser proporcional a lo que ha recibido, no por obligación sino por gozo.
El teólogo colombiano Samuel Escobar decía que el diezmo en el Nuevo Testamento es un principio, no una ley. Es decir, el creyente debe aprender a dar con libertad, sin ataduras legales, pero con la conciencia de que Dios suple todas sus necesidades. El problema surge cuando se convierte el diezmo en un requisito de salvación o en una condición para recibir bendiciones. Eso es legalismo puro, y Pablo lo combatió fuertemente en sus cartas a los Gálatas. La fe en Cristo nos liberó de la maldición de la ley, y eso incluye la ley del diezmo.
Lecciones para Hoy
Para el cristiano colombiano de hoy, la pregunta no es si debe diezmar o no, sino cómo debe dar a Dios y a su iglesia. Si usted siente en su corazón dar el diez por ciento de sus ingresos, hágalo con gozo, porque eso es entre usted y Dios. Pero si apenas está empezando su vida cristiana o está pasando por una situación económica difícil, no se sienta presionado ni culpable. Lo que Dios mira no es la cantidad, sino la actitud del corazón. Una viuda que da dos moneditas puede dar más que un rico que da millones, como enseñó Jesús.
La verdadera lección del diezmo es aprender a confiar en Dios como nuestro proveedor. En un país como Colombia, donde la economía es incierta y muchos viven al día, dar generosamente requiere fe. Pero no se trata de un intercambio comercial con Dios: ‘yo te doy diezmo y tú me das salud y plata’. Eso es brujería, no cristianismo. Se trata de reconocer que todo lo que tenemos viene de Dios y que somos llamados a ser generosos con los demás, especialmente con los pobres y con los que predican el evangelio.
Otra lección importante es que la iglesia local necesita recursos para funcionar. El pastor tiene que comer, la luz del templo hay que pagarla, los programas de ayuda a la comunidad requieren fondos. Pero eso no justifica que los líderes presionen a la gente con amenazas de maldición. La iglesia debe enseñar sobre mayordomía con amor y transparencia, rindiendo cuentas claras de cómo se usa el dinero. Si usted no confía en cómo su iglesia maneja los recursos, tiene todo el derecho de preguntar y de decidir a quién dar su ofrenda.
Preguntas Frecuentes
¿Es pecado no diezmar?
No, no es pecado no diezmar bajo la nueva alianza en Cristo. El pecado es desobedecer la ley de Dios, pero los cristianos no estamos bajo la ley del Antiguo Testamento, sino bajo la gracia. Lo que sí sería pecado es dar con resentimiento, robarle a Dios lo que le pertenece si usted ya se comprometió a dar, o desobedecer su conciencia. Si usted siente en su corazón que debe dar un porcentaje y no lo hace, eso puede ser desobediencia a lo que Dios le está pidiendo personalmente. Pero no hay un mandamiento bíblico que condene a un cristiano por no dar exactamente el diez por ciento.
¿El diezmo debe ser del salario bruto o neto?
La Biblia no especifica si el diezmo se calcula sobre el ingreso bruto o neto, porque en tiempos bíblicos la economía era agrícola y no había impuestos como los conocemos hoy. Cada creyente debe decidir en oración y con un corazón sincero. Algunos cristianos prefieren dar sobre el ingreso bruto como un acto de fe, confiando que Dios suplirá lo que se va en impuestos. Otros dan sobre el neto, porque consideran que los impuestos son un gasto necesario. Lo importante no es la fórmula matemática, sino la generosidad y la alegría con la que se da.
¿A quién debo dar mi diezmo si no confío en mi iglesia?
Si usted no confía en cómo su iglesia maneja los recursos, tiene opciones bíblicas. Puede dar su ofrenda directamente a misioneros de confianza, a obras de caridad cristianas, o a ministerios que usted conozca personalmente. También puede apartar ese dinero para ayudar a familias necesitadas de su propia congregación. El principio bíblico es que la ofrenda debe apoyar la obra de Dios y ayudar a los pobres. No está obligado a dar a una iglesia donde no hay transparencia. Ore y pida sabiduría a Dios, y Él le guiará a dónde dar su ofrenda con paz en su corazón.