Mire, usted sabe que en Colombia vivimos con el cora en la mano cuando hablamos de familia y de fe. Pero alguna vez se ha preguntado qué significa realmente eso de ‘id y haced discípulos a todas las naciones’? No es solo un versículo bonito para pegar en la nevera o para que el pastor lo repita los domingos. Es una orden directa de Jesús que nos mueve el piso y nos llama a salir de nuestra zona de confort, así como uno sale de la casa en Semana Santa para visitar a la familia. Vamos a desmenuzar este pasaje del Evangelio de Mateo con toda la sencillez de un sancocho de gallina, pero con la profundidad de un estudio bíblico serio.
Contexto Biblico
Para entender bien esta orden de Jesús, tenemos que ponernos en los zapatos de aquellos primeros seguidores. Estamos en el Evangelio de Mateo, capítulo 28, los versículos 16 al 20, justo después de la resurrección de Cristo. Los discípulos habían visto a su Maestro morir en la cruz, habían pasado tres días de angustia y luego la alegría inmensa de verlo vivo. Ahora, Jesús los cita en un monte en Galilea, como Él mismo les había indicado. Este no es un encuentro casual, es una cita pactada, como cuando uno queda con los amigos para ir al estadio. Allí están los once, algunos con dudas todavía, pero todos listos para recibir las últimas instrucciones de su Señor.
El contexto histórico es clave porque los judíos de aquella época tenían una visión muy limitada del mundo. Para ellos, el Mesías venía a liberar a Israel del Imperio Romano y a establecer un reino terrenal. Pero Jesús les estaba partiendo el molde: su reino no era de este mundo, y su misión no se limitaba a las fronteras de Israel. Ellos pensaban en Jerusalén, en el Templo, en las tradiciones de los padres. Jesús les habla de ‘todas las naciones’, de ‘los confines de la tierra’. Esto era un cambio radical, como pasar de vender arepas en la esquina a abrir una cadena de restaurantes en todo el continente. La Gran Comisión no era un simple encargo, era una revolución espiritual que rompía barreras étnicas, culturales y geográficas.
Además, hay que notar que Jesús ya había preparado el terreno durante su ministerio. En Mateo 24:14, Él había dicho que el evangelio del reino sería predicado en todo el mundo como testimonio a todas las naciones. Y en Mateo 26:13, habla de que donde se predicara el evangelio, se contaría la historia de la mujer que ungió sus pies. Jesús siempre tuvo una visión global, universal. El Padre no solo ama a los colombianos, ama a los venezolanos, a los argentinos, a los chinos y a los africanos. El contexto de Mateo 28 es el clímax de esa visión: antes de irse al cielo, Jesús le entrega a su iglesia las llaves del mundo entero. No es un encargo opcional, es la razón de ser de la comunidad de creyentes.
La Historia
Imagínese la escena: los discípulos han caminado desde Jerusalén hasta Galilea, unos 120 kilómetros, como quien va de Bogotá a Ibagué a pie. Llegan al monte que Jesús les señaló, y allí lo ven. La Biblia dice que ‘cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban’ (Mateo 28:17). Qué belleza de honestidad bíblica: hasta en ese momento de gloria, había dudas en el corazón de los seguidores. No eran superhéroes de la fe, eran personas comunes y corrientes, como usted y como yo, que a veces creemos y a veces titubeamos. Pero Jesús no los reprende por sus dudas, sino que se acerca y les habla con autoridad. Esa es la primera lección: Dios no espera que tengamos una fe perfecta para usarnos, solo necesitamos estar dispuestos.
Jesús comienza con una declaración que es el fundamento de todo lo que viene: ‘Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra’ (Mateo 28:18). O sea, Él no está dando una orden basada en su autoridad humana, sino en su autoridad divina y universal. Es como si el presidente de la República le diera una orden a un soldado, pero multiplicado por infinito: Jesús tiene el control de todo el universo. Esta autoridad es la que respalda la misión. No estamos solos, no vamos por nuestra cuenta. El que tiene el poder sobre la muerte, sobre los demonios y sobre los gobiernos, es el que nos envía. Eso le da una seguridad tremenda al creyente: cuando usted va a compartir su fe, no va como un vendedor ambulante, va como un embajador del Rey de Reyes.
Luego viene la orden directa: ‘Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones’ (Mateo 28:19a). Note que el verbo principal no es ‘ir’, es ‘haced discípulos’. El ‘ir’ es un participio, como un ‘yendo’. La idea es: mientras van por la vida, en su diario caminar, hagan discípulos. No es que todos tengamos que comprar tiquete de avión para ir a África, aunque algunos sí son llamados a eso. La mayoría de nosotros hace discípulos en la oficina, en el barrio, en la universidad, en la tienda de la esquina. Hacer un discípulo no es simplemente convertir a alguien, es enseñarle a seguir a Jesús, a obedecer sus mandamientos, a crecer en la fe. Es como cuando un maestro de escuela enseña a un niño a leer: no solo le muestra las letras, sino que lo acompaña hasta que el niño puede leer solo.
Jesús añade tres acciones específicas: bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado (Mateo 28:19b-20a). El bautismo es la puerta de entrada a la comunidad de fe, es el acto público de identificación con Cristo. Y la enseñanza es el proceso continuo de formación. No es solo un evento de una noche, es un caminar de por vida. Y note que Jesús dice ‘todas las cosas’, no solo las fáciles o las que nos gustan. Enseñar a guardar los mandamientos incluye perdonar, amar al enemigo, no codiciar, ser fiel en el matrimonio. Es un discipulado integral que transforma cada área de la vida.
Finalmente, Jesús cierra con una promesa que es el ancla de nuestra esperanza: ‘y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’ (Mateo 28:20b). No nos deja solos. No es un ‘buena suerte’ y se va. Es un ‘estoy con ustedes’ constante, día tras día, hasta que esta era termine. Esa presencia de Jesús es real a través del Espíritu Santo que mora en cada creyente. Cuando usted va a hablar de Jesús a su vecino, no va solo; cuando enfrenta burlas o rechazo, no está solo; cuando celebra una nueva vida en Cristo, no está solo. Jesús está allí, cumpliendo su promesa. La historia de la Gran Comisión no termina en el monte de Galilea, continúa hoy en cada esquina de Colombia y del mundo.
Significado Teologico
La Gran Comisión no es un simple encargo misionero, es la revelación del corazón de Dios por la humanidad. Desde Génesis, Dios había prometido bendecir a todas las naciones a través de Abraham (Génesis 12:3). Jesús, como el descendiente de Abraham, cumple esa promesa y la extiende a todos los pueblos. Teológicamente, esto significa que la salvación no es exclusiva de un grupo étnico o religioso. Dios quiere que todos los seres humanos, sin importar su idioma, su cultura o su pasado, tengan la oportunidad de conocer a Cristo y ser transformados por Él. Esto derriba cualquier forma de racismo, nacionalismo o elitismo espiritual dentro de la iglesia.
Además, la autoridad de Jesús es la base de la misión. Él dice ‘toda potestad me es dada’, lo que implica que Él tiene el derecho de enviar y nosotros la obligación de obedecer. No es una sugerencia, es un mandato. Pero no es un mandato frío y legalista, sino que está envuelto en la promesa de su presencia. La teología de la misión no es solo hacer cosas para Dios, es hacer cosas con Dios. El Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización; nosotros somos instrumentos. Esto nos quita la presión de tener que convencer a nadie con nuestros argumentos. Nuestro trabajo es sembrar y regar, pero es Dios quien da el crecimiento (1 Corintios 3:6).
Otro aspecto teológico profundo es la fórmula trinitaria del bautismo: ‘en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo’. Esto no es un simple ritual, es la incorporación del nuevo creyente en la comunión del Dios triuno. El discípulo no solo cree en un Dios lejano, sino que entra en relación con el Padre que lo creó, con el Hijo que lo redimió, y con el Espíritu que lo santifica. La misión, entonces, es una invitación a participar de la vida misma de Dios. Es un llamado a la comunión, no a una religión de reglas. Por eso el discipulado es tan importante: no se trata de llenar estadios de personas que repiten una oración, sino de formar hijos de Dios que vivan en la plenitud de su amor.
Lecciones para Hoy
En el contexto colombiano, donde a veces la violencia, la desigualdad y la corrupción parecen ganar la partida, la Gran Comisión nos recuerda que nuestra esperanza no está en los políticos ni en los gobiernos, sino en el Reino de Dios. Usted puede hacer discípulos en su propia casa, enseñando a sus hijos a amar a Dios y al prójimo. Puede hacer discípulos en su trabajo, siendo un empleado honesto y servicial. Puede hacer discípulos en su vecindario, organizando un grupo de estudio bíblico o simplemente tendiendo la mano al necesitado. La misión no es solo para pastores o misioneros, es para todo creyente bautizado.
Otra lección vital es que el discipulado es un proceso, no un evento. En una cultura donde todo es rápido, donde queremos resultados inmediatos, Jesús nos enseña a invertir tiempo en las personas. Hacer un discípulo implica paciencia, amor, corrección fraterna y mucho ejemplo personal. No podemos pretender que alguien cambie su vida en una sola predicación. Se necesita acompañamiento, como cuando un papá le enseña a su hijo a montar bicicleta: al principio va detrás, sosteniendo, luego va soltando poco a poco, hasta que el niño pedalea solo. Así es el discipulado: un proceso de caminar juntos hacia la madurez en Cristo.
Finalmente, la promesa de Jesús de estar con nosotros ‘todos los días’ es un bálsamo para el alma colombiana, que a menudo enfrenta incertidumbre y miedo. No importa si va a hablar de Jesús en una vereda de la costa, en un barrio de Medellín o en una oficina en Bogotá, Él está allí. Esta certeza nos da valentía para superar el temor al qué dirán, el miedo al rechazo o la pereza espiritual. La Gran Comisión no es una carga pesada, es un privilegio y una aventura con el Dios que nos ama y nos acompaña hasta el final. Así que, hermano, hermana, no se quede quieto: ¡id y haced discípulos!
Preguntas Frecuentes
¿Qué significa exactamente ‘hacer discípulos’ en Mateo 28:19?
Hacer discípulos significa mucho más que simplemente convertir a alguien o lograr que repita una oración. Implica un proceso integral de enseñanza, acompañamiento y transformación. Un discípulo es un seguidor de Jesús que aprende de Él, obedece sus mandamientos y replica ese mismo proceso en otros. En la práctica colombiana, es como cuando usted le enseña a un amigo a leer la Biblia, a orar, a perdonar y a servir. No es solo un momento, es una relación de discipulado que puede durar meses o años, hasta que esa persona pueda, a su vez, hacer discípulos.
¿Todos los cristianos están llamados a la Gran Comisión o solo los misioneros?
Absolutamente todos los cristianos están llamados a participar de la Gran Comisión. Jesús no se dirigió solo a los apóstoles, sino a todos sus seguidores, y por extensión a la iglesia de todos los tiempos. No todos tienen que viajar a otro país, pero todos pueden hacer discípulos donde Dios los ha puesto: en su familia, su trabajo, su estudio o su vecindario. La clave está en entender que ‘ir’ es parte de la vida cotidiana. Usted ya va al mercado, va al trabajo, va a la escuela; mientras va, haga discípulos. Es una cuestión de obediencia y de amor, no de distancia geográfica.
¿Qué papel juega el bautismo en la Gran Comisión según Mateo 28?
El bautismo es el primer paso público de obediencia del nuevo discípulo. Jesús lo incluye como parte esencial del proceso: ‘bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo’. El bautismo no salva, pero es un acto de fe que identifica al creyente con la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Además, es la puerta de entrada a la comunidad de la iglesia local. En el contexto colombiano, el bautismo es una celebración familiar y congregacional que marca el inicio de una nueva vida. Es un testimonio público de que uno ha decidido seguir a Jesús y pertenecer a su familia espiritual.
