Usted sabe que en Colombia somos berracos para el amor propio, pero cuando toca mirar al vecino, al que le cae mal del trabajo o al familiar que lo tiene podrido, ahí se nos enreda el cuento. Pero Jesús no dejó espacio para medias tintas: amar a Dios y amar al prójimo son dos caras de la misma moneda, y si una falla, la fe se queda coja. En Mateo 22:37-39 el Señor nos da el resumen de toda la ley, una instrucción que va más allá de un simple sentimiento bonito. Prepárese porque esto no es un devocional de esos que lo dejan dormido, es un llamado a poner las obras donde está la boca.
Contexto Bíblico
Para entender bien este pasaje, hay que ponerse en los zapatos de un judío del primer siglo que vivía bajo el yugo romano y con una religión que se había vuelto un combo de reglas imposibles de cumplir. Los fariseos, que eran los expertos en la ley de Moisés, se la pasaban buscando cómo hacer tropezar a Jesús con preguntas trampa, y en este capítulo 22 de Mateo no fue la excepción. Un intérprete de la ley se levantó para probarlo, preguntándole cuál era el mandamiento más importante de todos, esperando que el Maestro escogiera uno solo para después acusarlo de dejar por fuera los demás.
Jesús, que nunca se dejaba enredar, respondió citando dos pasajes del Antiguo Testamento que todo buen judío conocía de memoria: el Shemá de Deuteronomio 6:5, que ordena amar a Dios con todo el ser, y Levítico 19:18, que manda amar al prójimo como a uno mismo. Lo genial de la respuesta de Cristo es que no solo escogió un mandamiento, sino que unió los dos en una sola verdad: no se puede separar el amor a Dios del amor al prójimo. El contexto de esta enseñanza es una discusión teológica de alto voltaje, donde Jesús desnuda la hipocresía de los religiosos que diezmaban la menta pero se olvidaban de la misericordia.
Este diálogo ocurre en Jerusalén, durante la semana de la pasión, cuando la tensión entre Jesús y los líderes religiosos estaba al rojo vivo. Los fariseos, saduceos y herodianos se habían turnado para hacerle preguntas difíciles sobre el impuesto al César, la resurrección y el matrimonio, pero Jesús siempre salía bien librado. Al responder sobre el gran mandamiento, el Señor no solo calló a sus adversarios, sino que dejó una enseñanza eterna para todos los que quieren seguir sus pasos. La ley y los profetas, todo lo que Dios había dicho hasta ese momento, colgaban de estos dos mandamientos como de un gancho.
La Historia
Imagínese el escenario: el templo de Jerusalén estaba repleto de gente que había llegado para la Pascua, y los fariseos, viendo que Jesús había dejado callados a los saduceos, se juntaron para tenderle una trampa. Uno de ellos, que era abogado, un experto en la Torá, se levantó con toda la soberbia del mundo y le preguntó: ‘Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?’. La intención no era aprender, sino hacer que Jesús escogiera un mandamiento por encima de los otros 612 que los rabinos habían identificado, para luego acusarlo de herejía o de enseñar una doctrina incompleta.
Jesús, en lugar de caer en el juego, respondió con una claridad que dejó a todos boquiabiertos: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Note que Jesús no dijo que el segundo fuera menos importante, sino que es semejante, es decir, del mismo peso y naturaleza. En la cultura judía, la repetición de un concepto era una forma de enfatizar su importancia, y al decir ‘semejante’, Jesús estaba elevando el amor al prójimo al mismo nivel que el amor a Dios.
Lo que muchos pasan por alto es que Jesús no inventó estos mandamientos, sino que los combinó de una manera que nadie había hecho antes. Los rabinos separaban el amor a Dios del amor al prójimo, pero Jesús los soldó en una unidad inseparable. Usted no puede decir que ama a Dios si odia a su hermano, así vaya a misa todos los domingos y rece el rosario completo. El amor a Dios se demuestra en el trato con los demás, y el amor al prójimo solo es posible cuando el amor a Dios llena el corazón. Es como la moneda colombiana: tiene dos caras, pero es una sola moneda.
Después de dar esta respuesta, Jesús añadió algo que dejó a los fariseos sin piso: ‘De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas’. Con esa frase, el Señor estaba diciendo que todas las reglas, rituales y sacrificios del Antiguo Testamento tenían sentido solo si estaban basados en el amor. Sin amor, el diezmo es solo contabilidad, el ayuno es solo dieta, y la oración es solo ruido. La multitud que escuchó esto quedó asombrada, y desde ese día nadie se atrevió a preguntarle más, porque habían entendido que no podían ganarle en sabiduría.
La historia no termina ahí, porque más adelante, en Lucas 10, un intérprete de la ley, queriendo justificarse, le preguntó a Jesús: ‘¿Y quién es mi prójimo?’. Allí fue donde el Señor contó la parábola del buen samaritano, ampliando aún más el concepto. El prójimo no es solo el amigo, el familiar o el que piensa como usted; el prójimo es cualquier persona que necesita su ayuda, incluso si es de otro partido político, de otra región o de otra religión. Jesús rompió todas las barreras sociales y raciales que los judíos habían construido.
Significado Teológico
El mandamiento de amar a Dios con todo el ser implica una entrega total que abarca las emociones (corazón), la vida misma (alma) y el intelecto (mente). En el pensamiento hebreo, el corazón no era solo el asiento de los sentimientos, sino el centro de la voluntad y las decisiones. Por eso, amar a Dios con todo el corazón significa que cada decisión que usted toma debe estar alineada con la voluntad de Dios. No es un amor de palabra o de sentimiento pasajero, sino un amor que se traduce en obediencia y en un estilo de vida que honra al Creador.
El segundo mandamiento, amar al prójimo como a uno mismo, tiene una profundidad teológica enorme porque pone el amor propio como punto de referencia. Usted se cuida, se alimenta, se viste, se protege y busca lo mejor para su vida; pues así mismo debe tratar a los demás. Esto no es un llamado al egoísmo, sino a reconocer que el amor que usted se tiene a sí mismo es la medida del amor que debe dar a los otros. Si usted no se valora, difícilmente podrá valorar a los demás, y si usted no se perdona sus errores, no podrá perdonar los de su prójimo.
Jesús al decir que estos dos mandamientos son ‘semejantes’ está estableciendo una conexión teológica vital: la verticalidad del amor a Dios y la horizontalidad del amor al prójimo se cruzan en la cruz de Cristo. No existe una espiritualidad verdadera que ignore las necesidades del que está al lado. El apóstol Juan lo entendió perfectamente cuando escribió en 1 Juan 4:20 que si alguien dice que ama a Dios pero odia a su hermano, es mentiroso. El amor a Dios se prueba en el amor al prójimo, y el amor al prójimo solo es posible cuando hemos experimentado el amor de Dios en nuestras vidas.
Lecciones para Hoy
En la Colombia de hoy, donde el odio político, la violencia intrafamiliar y el egoísmo parecen ser el pan de cada día, este mandamiento es más urgente que nunca. Usted puede estar muy berraco con el presidente, con el alcalde o con el vecino que pone la música a todo volumen, pero Jesús le está diciendo que el amor no es opcional, es el resumen de toda la ley. Aplicar este mandamiento significa que usted ora por sus enemigos, que ayuda al desplazado que pide en la esquina, y que perdona a ese familiar que le hizo daño. No es fácil, pero nadie dijo que seguir a Cristo fuera un paseo por el Parque del Café.
Otra lección práctica es que el amor propio saludable es necesario para poder amar a los demás. Mucha gente confunde el amor propio con el egoísmo, pero no es lo mismo. Si usted no se cuida física, emocional y espiritualmente, terminará quemado y no podrá ayudar a nadie. Jesús dijo ‘como a ti mismo’, dando a entender que usted debe valorarse como creación de Dios, con dignidad y propósito. Eso implica poner límites sanos, no dejarse maltratar y buscar el bienestar integral, para luego poder extender ese mismo cuidado a los que están a su alrededor.
Finalmente, este pasaje nos reta a salir de la burbuja de la comodidad religiosa. No basta con ir a la iglesia los domingos, cantar bonito y dar la ofrenda. El verdadero culto a Dios se demuestra en cómo tratamos a los demás en la oficina, en la universidad, en el trancón de la 80 o en la fila del supermercado. Cada interacción humana es una oportunidad para vivir el evangelio. Así que la próxima vez que se encuentre con alguien difícil, recuerde que usted está siendo examinado por Dios en ese momento: ¿va a responder con amor o con indiferencia?
Preguntas Frecuentes
¿Es posible amar a Dios sin amar al prójimo?
No, según la enseñanza de Jesús en Mateo 22:37-39, el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. El apóstol Juan fue aún más directo al decir que si alguien dice que ama a Dios pero odia a su hermano, es mentiroso (1 Juan 4:20). Usted puede cumplir con todos los rituales religiosos, pero si no tiene amor por las personas que Dios puso en su camino, su fe está vacía. El amor al prójimo es la evidencia tangible de que realmente amamos a Dios.
¿Cómo puedo amar a mi prójimo si esa persona me ha hecho mucho daño?
Amar no significa tener sentimientos bonitos hacia quien le hizo daño, sino actuar en beneficio de esa persona. Jesús nos enseñó a orar por nuestros enemigos y a hacer el bien a los que nos persiguen (Mateo 5:44). En la práctica, amar a quien le ha fallado implica perdonar de corazón, no devolver mal por mal, y desear genuinamente su bienestar. Es un acto de la voluntad, no una emoción, y solo es posible cuando usted reconoce que Dios lo perdonó a usted primero, siendo aún pecador.
¿Qué significa exactamente ‘como a ti mismo’ en el contexto de amar al prójimo?
Significa que la forma en que usted se cuida, se provee, se protege y busca su propio bien debe ser la misma forma en que trata a los demás. Usted no se niega la comida, no se deja desprotegido, no se falta al respeto; pues así debe tratar a su prójimo. Esto no es egoísmo, sino un llamado a reconocer su propio valor como hijo de Dios para luego extender ese mismo valor a los demás. Es la base para una convivencia justa y misericordiosa, donde el amor propio sano se convierte en la medida del amor hacia el otro.