Cuando escuchamos noticias de hermanos que sufren por su fe, el corazón se nos aprieta y sentimos que debemos hacer algo, pero no sabemos por dónde empezar. Tal vez usted conoce a alguien que ha sido amenazado, desplazado o incluso encarcelado por creer en Jesús. En esos momentos, la oración se convierte en nuestro refugio y en nuestra arma más poderosa. Hoy quiero invitarlo a orar conmigo por los perseguidos, para que Dios les dé fortaleza, consuelo y esperanza en medio de la prueba.
Contexto Bíblico
La persecución no es un tema nuevo para el pueblo de Dios. Desde los tiempos del Antiguo Testamento, vemos cómo los fieles fueron sometidos a pruebas terribles por mantenerse fieles al Señor. El profeta Elías tuvo que huir de la reina Jezabel, Daniel fue lanzado al foso de los leones, y los tres jóvenes hebreos fueron echados al horno ardiente. Todos ellos experimentaron la mano protectora de Dios en medio del sufrimiento, y sus historias nos enseñan que Él nunca abandona a los suyos.
En el Nuevo Testamento, Jesús fue muy claro cuando dijo: ‘Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán’ (Juan 15:20). El Señor no nos prometió una vida fácil, sino que nos advirtió que en el mundo tendríamos aflicción, pero que podemos confiar porque Él ha vencido al mundo. La iglesia primitiva creció en medio de la persecución, y el testimonio de los mártires se convirtió en semilla de nuevos creyentes. Hoy, en muchos lugares de Colombia y del mundo, nuestros hermanos siguen enfrentando el mismo desafío.
La Historia
Hace unos años, conocí a una familia campesina en el Cauca que tuvo que abandonar su tierra porque grupos armados los amenazaron por predicar el evangelio. Don José, un hombre de sesenta años, me contó que una noche llegaron a su casa con machetes y le dijeron que si seguía reuniéndose con los hermanos, lo matarían a él y a su esposa. Esa misma noche, empacaron lo poco que tenían y caminaron durante horas hasta llegar a un pueblo donde pudieran estar seguros.
Lo que más me impactó de don José fue su actitud. En lugar de llenarse de odio, él me dijo: ‘Hijo, nosotros no les tenemos miedo, porque sabemos que Dios está con nosotros. Pero también entendemos que nuestra vida es un regalo de Él, y no tenemos derecho a exponerla tontamente. Así que oramos y decidimos movernos, pero no dejamos de adorar a Dios ni un solo día’. Esa fe sencilla pero profunda me hizo reflexionar sobre cómo reaccionaría yo en una situación así.
La familia de don José ahora vive en un barrio humilde en Popayán, pero han abierto su casa para recibir a otros desplazados. Cada domingo, se reúnen unas veinte personas para orar, cantar y estudiar la Biblia. No tienen un templo bonito, pero tienen algo mejor: la presencia de Dios y la comunión entre hermanos. Cuando le pregunté a doña María, su esposa, cómo hacían para mantener la esperanza, ella sonrió y dijo: ‘La oración es nuestro alimento diario. Cuando sentimos miedo, oramos. Cuando sentimos tristeza, oramos. Cuando no tenemos qué comer, oramos y Dios provee’.
Esta historia no es única. En otras regiones del país, como el Chocó, el Catatumbo o la Guajira, hay cristianos que enfrentan amenazas, secuestros y hasta asesinatos por causa del evangelio. Muchos pastores han sido silenciados por el miedo, pero otros, como don José, han decidido que no callarán la verdad. Ellos nos enseñan que la persecución no es una maldición, sino una oportunidad para demostrar nuestra fidelidad a Cristo y para experimentar su consuelo de una manera sobrenatural.
Al escuchar estas historias, me doy cuenta de que la persecución no es algo lejano ni del pasado. Está sucediendo hoy, a nuestro alrededor, quizás en la casa del vecino o en la iglesia de la esquina. Por eso, nuestra oración no debe ser solo un acto de solidaridad, sino una intercesión ferviente y constante. Debemos clamar a Dios para que proteja a nuestros hermanos, les dé sabiduría para responder con amor y valentía, y abra puertas para que el evangelio siga avanzando a pesar de las dificultades.
Significado Teológico
La persecución tiene un propósito en el plan de Dios, aunque a veces no lo entendamos. En la Biblia, vemos que Dios permite la persecución para purificar la fe de sus hijos, como el oro se purifica en el fuego (1 Pedro 1:6-7). También la usa para dar testimonio al mundo, porque cuando los creyentes sufren con gozo, la gente ve algo diferente y se pregunta qué los sostiene. La persecución nos une más a Cristo, porque participamos de sus sufrimientos, y eso produce en nosotros un carácter más fuerte y una esperanza más profunda.
Además, la persecución nos recuerda que no somos de este mundo. Nuestra ciudadanía está en los cielos, y aquí solo somos peregrinos y extranjeros. Cuando enfrentamos pruebas por causa de Jesús, estamos demostrando que nuestro tesoro está en el cielo y que no nos aferramos a las cosas materiales. Esto no significa que el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino que Dios puede redimirlo y usarlo para su gloria y para nuestro bien eterno.
Lecciones para Hoy
Primero, debemos orar con urgencia y constancia por los perseguidos. No podemos olvidarlos ni dejarlos solos en su lucha. La oración es el lazo que nos une a ellos, y a través de ella, Dios obra en sus vidas de maneras que quizás no vemos, pero que son reales. Podemos apartar un tiempo cada día para interceder por ellos, y también podemos apoyarlos con recursos si tenemos la oportunidad, pero nunca subestimemos el poder de la oración.
Segundo, debemos prepararnos nosotros mismos para enfrentar la persecución. Aunque hoy no nos toque, mañana podría ser nuestro turno. Necesitamos tener una fe sólida, arraigada en la Palabra de Dios, y una relación íntima con Jesús que nos sostenga en los momentos difíciles. También debemos aprender a perdonar a quienes nos persiguen, como lo hizo Esteban cuando oró por sus verdugos, y como Jesús mismo lo hizo en la cruz. El perdón no solo libera al que lo recibe, sino también a nosotros, evitando que la amargura eche raíces en nuestro corazón.
Tercero, debemos animar a los perseguidos con nuestras palabras y acciones. Una llamada, un mensaje, una visita o una ayuda económica pueden ser un bálsamo para el alma de quien sufre. La iglesia primitiva enviaba cartas de aliento a los hermanos encarcelados, y nosotros también podemos hacer lo mismo. Al final, todos somos miembros de un mismo cuerpo, y cuando un miembro sufre, todos sufrimos con él, pero también todos somos llamados a consolarlo.
Preguntas Frecuentes
¿Qué debo hacer si soy perseguido por mi fe?
Si usted está siendo perseguido, lo primero es buscar la guía de Dios en oración y en su Palabra. Evalúe su situación con sabiduría y consejo de líderes espirituales maduros. No se exponga innecesariamente, pero tampoco niegue a Cristo por miedo. Busque apoyo en su iglesia local y, si es necesario, busque refugio en lugares seguros. Recuerde que Dios promete estar con usted en medio del fuego, y que su vida está en sus manos.
¿Cómo puedo orar efectivamente por los perseguidos?
Ore por su protección física y espiritual, por su fortaleza para mantener la fe, por su consuelo en medio del dolor y por sus familias. También ore por los perseguidores, para que Dios les muestre su amor y cambie sus corazones. Pídale a Dios que les dé sabiduría para saber cómo responder y que use su testimonio para atraer a otros a Cristo. Ore con fe, creyendo que Dios está obrando incluso cuando no ve resultados inmediatos.
¿La persecución es una señal del fin de los tiempos?
La Biblia dice que en los últimos tiempos habrá persecución, pero no toda persecución es señal del fin. Jesús dijo que en el mundo tendríamos aflicción, y la historia muestra que la iglesia ha sido perseguida en todas las épocas. Lo importante no es saber cuándo será el fin, sino ser fieles hasta el final. Vivamos cada día en obediencia a Dios, predicando el evangelio y amando a nuestros hermanos, y dejemos que Dios controle el tiempo de las cosas.