Cuando uno se sienta a pensar en serio sobre la vida, tarde o temprano llega esa pregunta que parece sencilla pero no lo es tanto: ¿quién es Dios? En Colombia, desde la abuela que reza el rosario hasta el joven que busca respuestas en internet, todos tenemos una idea de Él, pero a veces nos enredamos entre lo que nos enseñaron y lo que realmente dice la Biblia. Lo cierto es que Dios no es un viejito sentado en una nube ni un energía cósmica sin rostro, sino un ser personal con atributos que lo hacen único. Vamos a mirar qué dice la Escritura sobre su naturaleza y cómo esos atributos divinos cambian nuestra forma de vivir.
Contexto Bíblico
La Biblia no empieza con una definición de Dios, sino con una acción: ‘En el principio creó Dios los cielos y la tierra’ (Génesis 1:1). Desde la primera página, vemos que Dios es creador, soberano y que existe antes de todo. En el Antiguo Testamento, cuando Moisés le pregunta su nombre en la zarza ardiente, Dios responde: ‘Yo Soy el que Soy’ (Éxodo 3:14), dejando claro que Él es autoexistente, no depende de nada ni de nadie. A lo largo de los profetas, como Isaías, se revela como el Santo de Israel, el único Dios verdadero que comparte su gloria con ningún otro. Esto es clave para los colombianos que crecimos en un país donde se mezclan muchas creencias: la Biblia insiste en que Dios es uno solo, pero no está solo, porque en el Nuevo Testamento se nos presenta como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
En el Nuevo Testamento, Jesús es quien nos muestra el rostro de Dios de manera más clara. Cuando Felipe le pide: ‘Señor, muéstranos al Padre’, Jesús responde: ‘El que me ha visto a mí, ha visto al Padre’ (Juan 14:8-9). Esto significa que Dios no es una idea abstracta, sino alguien que se da a conocer en una persona. Los apóstoles, como Pablo, también enseñan que Dios es eterno, invisible, pero que su poder y naturaleza divina se entienden por lo que ha creado (Romanos 1:20). Entonces, para saber quién es Dios, tenemos que mirar a Jesús y a la creación, porque Él se ha revelado de esas dos maneras.
Los atributos divinos son las características que describen cómo es Dios. La teología los divide en dos grupos: los incomunicables, que solo Él tiene, como la omnipotencia (todo poder), la omnisciencia (todo conocimiento) y la omnipresencia (estar en todo lugar); y los comunicables, que podemos reflejar, como el amor, la justicia y la misericordia. En Colombia, donde somos tan dados a comparar a Dios con figuras humanas, es útil recordar que Él no es como nosotros, sino que nosotros fuimos hechos a su imagen. Por eso, cuando decimos que Dios es amor, no es un sentimiento pasajero, sino la esencia misma de su ser.
La Historia
Imagínate a un hombre llamado Job, que vivía en la tierra de Uz. Era un tipo recto, temeroso de Dios, con una familia grande, harto ganado y tierras que daban envidia. Pero un día, sin aviso, todo se le vino abajo: los sabeos le robaron los bueyes, un rayo quemó las ovejas, los caldeos se llevaron los camellos, un huracán derribó la casa donde estaban sus hijos y todos murieron. Job quedó en la ruina, con la ropa rasgada y la cabeza rapada, pero lo primero que hizo fue adorar: ‘Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito’ (Job 1:21). Eso es reconocer la soberanía de Dios, aunque no entendamos nada.
Pero la cosa no paró ahí. A Job le salieron unas llagas horribles de la cabeza a los pies, y su mujer, que también estaba sufriendo, le dijo: ‘¿Aún mantienes tu integridad? Maldice a Dios y muérete’. Job le respondió: ‘Hemos recibido el bien de Dios, ¿y el mal no lo recibiremos?’ (Job 2:10). Llegaron tres amigos, Elifaz, Bildad y Zofar, que en vez de consolarlo, le echaron en cara que seguro había pecado por algo. Job se defendió, pero también empezó a quejarse, a preguntar por qué Dios permitía eso si él era inocente. Se puso a discutir con Dios, a pedirle cuentas, como a veces hacemos nosotros cuando la vida se pone dura. Job no entendía los atributos divinos, pero los estaba viviendo en carne propia.
Después de muchos capítulos de debate, donde los amigos insistían en que Dios castiga el mal y Job clamaba por justicia, apareció un joven llamado Eliú, que habló de la grandeza de Dios y de cómo el sufrimiento a veces nos purifica. Pero lo más impactante fue cuando Dios mismo le respondió a Job desde un torbellino. No le dio explicaciones bonitas, sino que le hizo preguntas que dejaron a Job sin aliento: ‘¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia’ (Job 38:4). Dios le mostró su poder en la creación: las estrellas, el mar, el relámpago, el avestruz que no cuida sus huevos, el caballo que se ríe del miedo. Job se dio cuenta de que Dios es tan grande que sus planes no caben en nuestra cabeza.
Al final, Job se tapó la boca y dijo: ‘De oídas te había oído, pero ahora mis ojos te ven’ (Job 42:5). No es que hubiera visto a Dios con los ojos físicos, sino que entendió quién es Él realmente. Dios restauró su fortuna, le dio el doble de lo que tenía, y Job vivió para ver a sus hijos y nietos hasta la cuarta generación. Esta historia nos enseña que Dios no es un genio de la lámpara que cumple deseos, sino el soberano del universo que merece nuestra confianza, aunque no entendamos sus caminos. En Colombia, donde la gente a veces le echa la culpa a Dios por las desgracias, Job nos recuerda que Él sigue siendo bueno, incluso cuando no lo vemos.
La historia de Job también refleja los atributos divinos de una manera práctica. Vemos su omnipotencia cuando habla desde el torbellino, su omnisciencia cuando sabe lo que pasa en el cielo entre Satanás y Él, su justicia cuando al final restaura a Job, y su misericordia cuando acepta la oración de Job por sus amigos. Dios no cambia: es el mismo ayer, hoy y por siempre. Por eso, cuando nosotros pasamos por pruebas, podemos acordarnos de Job y saber que Dios tiene el control, aunque el dolor sea real.
Significado Teológico
Los atributos divinos no son datos fríos para memorizar en un catecismo, sino verdades que transforman nuestra relación con Dios. Por ejemplo, que Dios sea santo significa que está separado del pecado, pero también que nos llama a vivir de manera diferente. En un país como Colombia, donde a veces nos acostumbramos a la corrupción y la injusticia, recordar la santidad de Dios nos impulsa a buscar la honestidad y la pureza en nuestra vida diaria. La justicia de Dios no es vengativa, sino restauradora: Él pone las cosas en su lugar, como lo hizo con Job, y eso nos da esperanza cuando vemos que las cosas no están bien en el mundo.
Otro atributo clave es el amor de Dios, que no es un sentimiento barato, sino un compromiso activo. En 1 Juan 4:8 dice que ‘Dios es amor’, y eso se vio cuando envió a Jesús a morir por nosotros, siendo aún pecadores. Eso significa que no tenemos que ganarnos su amor, porque Él ya nos ama primero. Para el colombiano que siente que no es suficiente o que ha fracasado, esta es una buena noticia: Dios no te ama porque seas bueno, sino porque Él es bueno. Su amor es incondicional, como el de un padre que espera al hijo pródigo con los brazos abiertos.
La soberanía de Dios es otro atributo que nos da paz en medio del caos. Saber que Él controla la historia, los gobiernos y hasta las pruebas que enfrentamos, nos permite descansar. No es que Dios cause el mal, sino que permite cosas que no entendemos para cumplir un propósito mayor. Como dice Romanos 8:28, ‘todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios’. Eso no es un cliché, sino una promesa que nos sostiene cuando el país está en crisis o cuando la vida personal se complica.
Lecciones para Hoy
En el día a día, entender quién es Dios nos cambia la manera de orar. Si sabemos que Él es omnipotente, no oramos con dudas, sino con confianza de que puede hacer lo que pide. Si sabemos que es omnisciente, no le ocultamos nada, porque ya lo sabe todo, y podemos ser honestos en nuestra oración. Los colombianos tenemos fama de ser rezanderos, pero a veces oramos como si Dios estuviera sordo o lejano. Recordar sus atributos nos acerca a una oración más íntima y sincera.
También nos enseña a perdonar. Si Dios es misericordioso y nos perdona a nosotros, que somos imperfectos, ¿cómo no vamos a perdonar al vecino que nos debe plata o al familiar que nos traicionó? En un país donde el rencor a veces se hereda de generación en generación, la misericordia de Dios nos invita a soltar las cargas. No es fácil, pero es posible cuando entendemos que Dios nos perdonó primero en Cristo.
Por último, nos da identidad. Saber que fuimos creados a imagen de un Dios amoroso y santo nos hace valorarnos a nosotros mismos y a los demás. En una sociedad que a veces discrimina por el color de piel, la plata o el apellido, recordar que todos llevamos la imagen de Dios nos llama a respetar y amar a cada persona. Eso es vivir el evangelio en la práctica.
Preguntas Frecuentes
¿Es Dios el mismo en el Antiguo y en el Nuevo Testamento?
Sí, Dios no cambia. En el Antiguo Testamento se revela como un Dios justo que castiga el pecado, pero también misericordioso que perdona a su pueblo. En el Nuevo Testamento vemos la misma justicia y amor en la persona de Jesús. La diferencia no está en Dios, sino en cómo se ha revelado progresivamente. En ambos casos, Él busca restaurar la relación con la humanidad.
¿Por qué Dios permite el sufrimiento si es todopoderoso y bueno?
Esta es una pregunta difícil, pero la Biblia no la evade. Dios permite el sufrimiento para cumplir propósitos que a veces no entendemos, como formar nuestro carácter, mostrarnos nuestra dependencia de Él o permitir que el libre albedrío tenga consecuencias. En la historia de Job, vemos que el sufrimiento no siempre es castigo, sino una oportunidad para conocer a Dios más profundamente. Además, Dios mismo sufrió en Cristo, así que no es ajeno a nuestro dolor.
¿Cómo puedo conocer a Dios personalmente?
Conocer a Dios no es solo saber datos sobre Él, sino tener una relación personal a través de Jesucristo. La Biblia dice que Jesús es el camino, la verdad y la vida, y que nadie llega al Padre sino por Él. Eso implica arrepentirse de los pecados, confiar en que Jesús murió por ti y resucitó, y empezar a seguirle en oración, lectura de la Biblia y en comunidad con otros creyentes. No es una religión, es una relación.