¿Alguna vez has sentido que no encajas en tu propia iglesia? Tal vez por tu forma de pensar, tu pasado o tus costumbres, te has quedado al margen, observando desde lejos. Pero hay un mensaje en Romanos que cambia todo: Pablo nos llama a recibirnos mutuamente, sin condiciones. No es un simple saludo de paz, sino una orden radical que rompe barreras y construye comunidad. Si te has sentido excluido o has excluido a otros, este mensaje es para vos. Prepárate para descubrir cómo el recibir al otro transforma tu fe y tu relación con Dios.
Contexto Bíblico
La carta a los Romanos es una de las obras maestras del apóstol Pablo, escrita alrededor del año 57 d.C. desde Corinto. Esta epístola no fue dirigida a una sola iglesia, sino a una comunidad diversa en Roma, formada por judíos y gentiles convertidos al cristianismo. En el capítulo 14 y 15, Pablo aborda un problema candente: los conflictos por las tradiciones, la comida y los días sagrados. Unos creían que debían seguir las leyes judías de pureza, mientras que otros, llenos de libertad en Cristo, no veían problema en comer de todo. Esta tensión amenazaba con dividir a la iglesia, y Pablo responde con un principio profundo: la unidad en Cristo es más importante que las diferencias culturales o de opinión.
En este contexto, el llamado a ‘recibiros los unos a los otros’ no es un consejo opcional, sino una necesidad vital. Pablo escribe en Romanos 15:7: ‘Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios’. La palabra griega usada aquí es ‘proslambanó’, que significa ‘tomar a alguien en tu casa, en tu compañía, en tu círculo íntimo’. No es simplemente tolerar al otro, sino acogerlo con alegría, hacerlo parte de tu vida. Este mandato se basa en el ejemplo supremo de Cristo, quien nos recibió a nosotros, siendo aún pecadores, sin merecerlo. La gloria de Dios se manifiesta cuando su pueblo se acepta y se ama a pesar de las diferencias.
La Historia
Imagínate la iglesia en Roma, una mezcla vibrante de culturas y trasfondos. Los judíos que habían creído en Jesús llevaban siglos siguiendo las leyes de Moisés, con sus restricciones alimenticias y sus fiestas especiales. Los gentiles, por otro lado, habían vivido en un mundo pagano, y al convertirse, no veían la necesidad de adoptar todas las costumbres judías. Cada grupo miraba al otro con sospecha: los judíos consideraban a los gentiles ‘impuros’ por su falta de observancia, y los gentiles veían a los judíos como legalistas y atrapados en el pasado. La mesa de la comunión, que debía ser un lugar de encuentro, se había convertido en un campo de batalla.
Pablo, con corazón de pastor, no toma partido, sino que va a la raíz del problema. En Romanos 14, les recuerda que cada uno es siervo del Señor y que ante Él dará cuentas. Les dice: ‘¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para sostenerle’ (Romanos 14:4). Pablo les pide que dejen de juzgarse mutuamente y que, en cambio, se enfoquen en vivir en paz y en edificarse unos a otros. La libertad del evangelio no es para hacer lo que te plazca, sino para amar y servir al prójimo, incluso si eso significa renunciar a tus derechos por el bien del otro.
Luego, en Romanos 15, Pablo les presenta el mayor ejemplo: Jesús. ‘Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo, sino que, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí’ (Romanos 15:3). Cristo no vino a buscar su propia comodidad, sino a cargar con nuestras debilidades y a servir. Él recibió a los marginados, a los pecadores, a los que nadie quería. Y ahora, nosotros, que hemos sido recibidos por Él, debemos recibir a los demás de la misma manera. Pablo no está hablando de una tolerancia pasiva, sino de una aceptación activa que busca el bien del otro, que se alegra con su presencia y que está dispuesto a adaptarse por amor.
La historia detrás de este pasaje es la historia de una comunidad que aprendió a convivir con sus diferencias. Pablo les recuerda que tanto judíos como gentiles han sido unidos en un mismo cuerpo, y que juntos forman un templo santo para el Señor. Él cita las Escrituras para mostrar que el plan de Dios siempre fue incluir a todas las naciones: ‘Y otra vez dice: Alegraos, gentiles, con su pueblo’ (Romanos 15:10). La iglesia no es un club exclusivo, sino una familia donde cada miembro es valioso y necesario. Recibirse mutuamente no es un acto de cortesía, sino una demostración tangible del amor de Dios que trasciende todas las barreras humanas.
El llamado final de Pablo es claro: ‘Y el Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo’ (Romanos 15:13). Cuando nos recibimos unos a otros, no solo resolvemos conflictos, sino que abrimos la puerta para que Dios derrame su gozo y su paz en nuestra comunidad. La unidad no es un ideal abstracto, sino una realidad práctica que se vive en la mesa, en la conversación, en el compartir diario. Es un testimonio poderoso para un mundo dividido, una señal de que el evangelio realmente transforma vidas.
Significado Teológico
El mandato de recibirse mutuamente tiene profundas raíces teológicas. En primer lugar, nos muestra que la iglesia es el cuerpo de Cristo, donde cada miembro es indispensable. Pablo usa esta metáfora en 1 Corintios 12, pero aquí en Romanos, la aplica a la convivencia práctica. Recibir al otro es reconocer que Dios lo ha puesto en tu vida para tu bien y para el bien de la comunidad. No podemos despreciar a alguien a quien Cristo ha aceptado, porque eso sería despreciar la obra de Dios en esa persona.
En segundo lugar, este pasaje revela el corazón de Dios: un Padre que recibe a sus hijos pródigos sin condiciones. La gracia que hemos recibido es el modelo para nuestra gracia hacia los demás. No nos acercamos a Dios por nuestras obras, sino por la fe en Cristo, y de la misma manera, debemos aceptar a otros no por lo que hacen o dejan de hacer, sino por lo que Cristo ha hecho en ellos. Esta es la base de la unidad cristiana: no es un acuerdo en todo, sino una sumisión común al señorío de Jesús.
Finalmente, la gloria de Dios es el propósito último de esta unidad. Cuando los creyentes se aman y se reciben, el mundo ve algo sobrenatural, algo que no puede explicar. Jesús dijo: ‘En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros’ (Juan 13:35). Recibirse mutuamente no es solo para nuestro beneficio, sino para la gloria de Dios. Es una adoración viva, un sacrificio de alabanza que agrada al Padre y atrae a otros a la fe.
Lecciones para Hoy
En nuestras iglesias colombianas, enfrentamos desafíos similares a los de Roma. A veces, las diferencias en la forma de adorar, en las preferencias musicales, en las posturas teológicas o incluso en las clases sociales, nos separan. Pero Romanos 15:7 nos llama a recibirnos, no a pesar de las diferencias, sino con ellas. Significa invitar a tomar café al hermano que piensa distinto, sentarse a la mesa con el que viste diferente, y escuchar con humildad al que tiene una experiencia de vida distinta a la nuestra. Es un desafío diario a salir de nuestra zona de confort y a amar como Cristo amó.
La lección más poderosa es que el recibir no es un sentimiento, sino una acción. Se demuestra con gestos concretos: una sonrisa, un abrazo, una ayuda práctica, una palabra de aliento. En un mundo donde la polarización y el conflicto son la norma, la iglesia debe ser un oasis de paz y aceptación. Empecemos por casa: ¿hay alguien en tu congregación a quien has evitado? ¿Hay alguna persona con la que tienes una diferencia sin resolver? El primer paso es recibirla en tu corazón, y luego, en tu vida. Dios honrará esa obediencia y traerá unidad y bendición.
Preguntas Frecuentes
¿Qué significa exactamente ‘recibíos los unos a los otros’ en Romanos 15:7?
Recibirse mutuamente significa aceptar y acoger a otros creyentes en tu vida, tu comunidad y tu corazón, tal como Cristo te recibió a ti. Implica una actitud de bienvenida, sin juzgar ni despreciar las diferencias, buscando el bien del otro y la unidad del cuerpo de Cristo. Es un mandato práctico que se demuestra con acciones de amor y hospitalidad.
¿Cómo podemos aplicar este mandato en una iglesia con muchas diferencias culturales o de pensamiento?
El primer paso es reconocer que la unidad en Cristo es más importante que nuestras diferencias. Luego, debemos practicar la humildad, escuchando y aprendiendo de otros, y estar dispuestos a ceder en áreas no esenciales por amor. Podemos crear espacios de diálogo y convivencia donde se celebren las diversidades, y siempre enfocarnos en lo que nos une: la fe en Jesús y el deseo de glorificar a Dios.
¿Qué papel juega la gracia de Dios en el recibir a los demás?
La gracia de Dios es el fundamento y el modelo para recibir a los demás. Así como Dios nos recibió por gracia, sin merecerlo, nosotros debemos extender esa misma gracia a otros. Solo cuando entendemos cuánto hemos sido perdonados y aceptados, podemos perdonar y aceptar a quienes nos rodean. El recibir mutuo es una expresión práctica de la gracia que hemos recibido en Cristo.