Soportándoos y perdonándoos: Colosenses para colombianos

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En la vida cotidiana de un colombiano, ya sea en el trancón de la 80 en Bogotá, en la fila del banco o en la mesa del almuerzo familiar, siempre surge la necesidad de aguantar y soltar. Aguantar al que habla duro, soltar la rabia cuando el vecino pone la música a todo volumen. Pero la Biblia nos da una clave que va más allá de solo ‘tragar entero’: el soportarnos y perdonarnos mutuamente. La carta a los Colosenses nos muestra que esto no es un simple consejo de autoayuda, sino una identidad nueva que tenemos como hijos de Dios. ¿Listo para descubrir cómo aplicar esto en la tierra del café y el realismo mágico?

Contexto Bíblico

La carta del apóstol Pablo a los colosenses fue escrita desde la cárcel, probablemente en Roma, alrededor del año 60 d.C. La iglesia en Colosas, una ciudad pequeña en Asia Menor (hoy Turquía), enfrentaba una mezcla rara de enseñanzas: judaísmo legalista, filosofía griega y cultos a ángeles. Pablo, al escribirles, no está dando un sermón genérico, sino atacando directamente esas ideas que estaban dividiendo a la comunidad. Él les recuerda que Cristo es suficiente, que no necesitan rituales extras para ser salvos, y que esa suficiencia debe reflejarse en cómo se tratan entre hermanos.

Dentro de ese contexto de lucha teológica, Pablo mete un capítulo práctico, el capítulo 3, donde habla de la nueva vida en Cristo. Allí, después de decirles que se despojen de la ira, la mentira y la mala conducta, les dice que se ‘vistan’ de compasión, humildad y paciencia. Y en medio de esa lista de ropa nueva, aparece el versículo clave: ‘Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros’ (Colosenses 3:13). No es un ‘ay, perdóname’ superficial; es una orden con peso eterno.

La Historia

Imagínate a una comunidad de colosenses que acababa de recibir la carta. Eran personas comunes y corrientes, como los miembros de una junta de acción comunal en un barrio de Medellín. Había un señor llamado Filemón, que tenía un esclavo llamado Onésimo que se había volado. Había judíos conversos que todavía querían celebrar la luna nueva y no comer ciertos alimentos, y griegos que pensaban que la sabiduría humana era lo máximo. La tensión era palpable. Unos se sentían superiores por su conocimiento, otros por su tradición, y otros por su libertad en Cristo. El ambiente estaba enrarecido, como cuando en una familia hay peleas por la herencia de la abuela.

Pablo les escribe y les dice: ‘Ya no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos’ (Colosenses 3:11). Esa era la bomba de verdad. Les estaba diciendo que todas esas etiquetas que los separaban —‘yo soy más espiritual que tú’, ‘yo ayuno más que tú’— ya no importaban. Lo que importaba era que estaban en Cristo. Y si estaban en Cristo, tenían que portarse como Él. No podían decir que amaban a Dios y al mismo tiempo no soportar al hermano que hablaba con acento diferente o que venía de otro estrato social.

La palabra ‘soportar’ en griego es ‘anechomai’, que significa literalmente ‘sostenerse mutuamente’ o ‘aguantarse’. No es un aguante pasivo, como cuando uno aguanta el calor en la costa Caribe porque no hay de otra. Es un aguante activo, donde decides no soltar al otro, no cancelarlo, no sacarlo de tu vida solo porque te cayó mal. Es como cuando en un grupo de amigos hay uno que siempre llega tarde: en vez de echarle la bulla todos los días, decides soportarlo porque sabes que el lazo es más fuerte que la incomodidad. Pablo les dice: ‘Sopórtense, porque ustedes son el cuerpo de Cristo y un cuerpo no se amputa un dedo porque le duele’.

Y luego viene el perdón. El perdón en Colosenses no es un ‘no pasa nada’ barato. Es un perdón que tiene un espejo: ‘De la manera que Cristo os perdonó’. ¿Cómo perdonó Cristo? No esperó a que nosotros nos portáramos bien. No puso condiciones. Murió por nosotros cuando aún éramos sus enemigos, como dice Romanos 5:8. Ese es el estándar. Perdonar así es imposible para el ser humano, pero Pablo dice que es posible porque ya no somos los mismos: estamos en Cristo. Es como cuando en una novela colombiana el protagonista perdona al villano después de años de odio; pero acá no es ficción, es la vida real del creyente.

La historia de la carta de Colosenses nos muestra que la iglesia primitiva no era perfecta. Tenía problemas de convivencia, de orgullo y de rencor, exactamente igual que nuestras iglesias hoy en día. Pero Pablo no les dice: ‘arréglense entre ustedes y después vienen a Dios’. Al contrario, les dice: ‘Ya están perdonados por Dios, ahora vivan de acuerdo a ese perdón’. Es como si les dijera: ‘Ustedes ya recibieron la herencia, ahora compórtense como herederos’. El perdón y el soporte no son la causa de la salvación, sino la consecuencia de haber sido salvados.

Significado Teológico

El perdón y la paciencia no son virtudes aisladas en la Biblia; son el reflejo directo del carácter de Dios. En el Antiguo Testamento, Dios se presenta como ‘clemente y piadoso, tardo para la ira y grande en misericordia’ (Éxodo 34:6). En el Nuevo Testamento, esa misma paciencia se encarna en Jesús, quien soportó a discípulos torpes, a fariseos hipócritas y a una multitud que lo abandonó. Por lo tanto, cuando Pablo le pide a los colosenses que se soporten y perdonen, no les está pidiendo algo extraño, sino que imiten a su Padre celestial. Es una cuestión de identidad: si eres hijo de Dios, te pareces a tu Papá.

Hay un detalle teológico clave aquí: el perdón en Colosenses 3:13 está ligado a la ‘queja’. Pablo dice: ‘si alguno tuviere queja contra otro’. La palabra griega para queja es ‘momphé’, que significa un reclamo legítimo. O sea, no es que te estén pidiendo perdonar cosas sin importancia; es perdonar cuando realmente tienes la razón y te hicieron daño. Eso es lo profundo del evangelio: no perdonas porque el otro se lo merezca, sino porque Cristo te perdonó a ti sin merecerlo. Teológicamente, esto rompe el ciclo de la venganza y establece el reino de Dios en la tierra. Cuando un colombiano perdona a su deudor o al que le hizo una maldad, está declarando que el reinado de Cristo es más grande que su dolor.

Además, el ‘soportar’ y ‘perdonar’ están en el contexto de la ‘paz de Cristo’ que gobierna en nuestros corazones (Colosenses 3:15). La paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de Cristo en medio del conflicto. Es como un matrimonio que ha pasado por crisis: no es que nunca peleen, es que han aprendido a pelear sin destruirse, porque hay un compromiso más grande. La teología de Pablo es práctica: la reconciliación con Dios produce reconciliación con los hermanos. No se puede tener una cosa sin la otra. Es como el sancocho: no puedes quitarle la yuca y esperar que sepa igual; el perdón y el soporte son ingredientes esenciales de la vida cristiana.

Lecciones para Hoy

En la Colombia de hoy, donde las redes sociales se llenan de odio y la polarización política divide hasta las familias, el mensaje de Colosenses es más urgente que nunca. Soportarnos mutuamente significa no cancelar al tío que votó por otro candidato, no alejarse del amigo que falló, no excluir al hermano de la iglesia que tiene una opinión diferente sobre la alabanza. Es un llamado a la paciencia activa, a decir: ‘No estoy de acuerdo contigo, pero no te voy a soltar porque somos familia en Cristo’. Eso es contracultural en un país donde a veces la ofensa se guarda por años y se celebra el ‘ojo por ojo’.

Perdonar como Cristo nos perdonó implica dejar de lado el orgullo y la autosuficiencia. Muchas veces en las iglesias colombianas escuchamos: ‘Yo perdono, pero no olvido’. Eso no es el perdón bíblico. El perdón bíblico es una decisión, no un sentimiento. Es soltar la deuda que el otro tiene contigo, así como Cristo soltó la tuya. No es fácil, pero es posible cuando recordamos que nosotros estábamos en una deuda imposible de pagar y Dios nos perdonó en la cruz. Si Dios, siendo santo, perdonó a un pecador como tú, ¿cómo no vas a perdonar tú a tu hermano que te debe una disculpa? Eso transforma las relaciones, los matrimonios y las amistades.

Finalmente, la lección más práctica es que el soporte y el perdón se aprenden en comunidad. No somos islas. Necesitamos a otros para practicar el aguante y la gracia. En un grupo pequeño de la iglesia, en la familia, en el trabajo, cada día tenemos la oportunidad de vestirnos de compasión y perdonar. Así como uno no aprende a bailar salsa solo viendo videos, sino bailando y pisando a la pareja, así el perdón se aprende perdonando y pidiendo perdón. Y cuando fallamos, la buena noticia es que Cristo sigue perdonándonos, y nos da la fuerza para volver a intentarlo. Eso es el evangelio vivido en la cotidianidad colombiana.

Preguntas Frecuentes

¿Qué significa exactamente ‘soportándoos unos a otros’ en Colosenses 3:13?

‘Soportándoos’ viene del griego ‘anechomai’, que significa sostener, aguantar o tolerar activamente. No es una resignación pasiva, sino una decisión consciente de permanecer unidos a pesar de las diferencias y molestias. En el contexto de la iglesia, Pablo llama a los creyentes a no abandonarse mutuamente, a cargar con las cargas del otro, y a mantener la unidad del Espíritu. Es como en un equipo de fútbol: aunque un jugador tenga un mal partido, no lo sacan del equipo, lo soportan y lo ayudan a mejorar.

¿Cómo puedo perdonar a alguien que me hizo mucho daño y no se arrepiente?

El perdón bíblico no depende del arrepentimiento del otro, sino de la obediencia a Dios. Perdonar no significa reconciliarte automáticamente ni exponerte al abuso; significa que tú sueltas la deuda emocional y legal que tienes contra esa persona, así como Cristo te perdonó a ti cuando aún estabas en pecado. Puedes orar: ‘Señor, yo no tengo fuerzas, pero decido perdonar porque Tú me perdonaste primero’. Con el tiempo, el Espíritu Santo sanará tu corazón. La reconciliación puede requerir arrepentimiento del otro, pero el perdón es una decisión personal que te libera a ti.

¿Por qué es tan difícil perdonar en la vida diaria, especialmente en la familia?

Perdonar es difícil porque toca nuestro orgullo y nuestro sentido de justicia. En la familia, las heridas son más profundas porque conocemos los puntos débiles del otro y las ofensas se repiten. Además, en la cultura colombiana a veces se confunde el perdón con ‘dejarse’ o ser ‘bobito’. Pero el evangelio nos enseña que perdonar es un acto de fortaleza, no de debilidad. Es difícil porque requiere morir a nosotros mismos, pero es posible cuando recordamos que Cristo nos perdonó una deuda infinita. La práctica constante, la oración y la comunidad de fe nos ayudan a crecer en esta área.

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