Usted sabe que en Semana Santa todo el mundo habla de la crucifixión, pero pocos se detienen a pensar en lo que realmente dijeron esos labios partidos por el dolor. En Colombia, donde el fervor religioso se mezcla con el realismo mágico de nuestras calles, las últimas palabras de Jesús en la cruz nos llegan como un latigazo de verdad. No son frases bonitas para estampar en un cuadro; son el testamento de un hombre que estaba muriendo por nosotros. Y si hay algo que nos duele a los colombianos es ver a alguien sufrir injustamente, porque acá sabemos de injusticias, de traiciones y de esperar un milagro que no llega. Por eso, cuando Jesús habla desde esa cruz, no solo está hablando a los romanos o a los judíos de aquel tiempo; nos está hablando a usted y a mí, en medio de este 2025, con todas nuestras cargas y desengaños.
Contexto Bíblico
Para entender bien lo que pasó en el Calvario, tenemos que ponernos en los zapatos de la gente de ese entonces. Lucas, que era médico y un investigador juicioso, no se anduvo con rodeos: él quiso dejar por escrito un relato ordenado y verídico para que su amigo Teófilo (y nosotros) supiéramos la verdad de lo que creemos. En Lucas 23, desde el versículo 33 hasta el 49, se narra la crucifixión con unos detalles que lo ponen a uno a pensar. No es una historia fría de libro; es un testimonio de alguien que estuvo ahí, que vio cómo el sol se escondió y cómo la tierra tembló, y que entendió que ese momento partía la historia en dos.
La diferencia con los otros evangelios está en que Lucas le pone atención a la humanidad de Jesús y a su compasión. Mientras que Mateo y Marcos son más directos, Lucas se detiene en el perdón, en el ladrón arrepentido y en esa entrega final del espíritu. Acá no hay un Jesús que grita ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’ como en los otros evangelios. Lucas nos muestra a un Jesús que muere en paz, confiando en el Padre, y eso para nosotros los colombianos que vivimos entre la violencia y la fe, es un mensaje poderoso: se puede sufrir sin perder la dignidad, se puede morir sin maldecir a nadie.
La Historia
Imagínese el cerro de las cruces, pero no el de Monserrate sino uno más pelado, más caliente, más desolado. Ese día no era un día cualquiera: desde el mediodía hasta las tres de la tarde, el sol se escondió como si la naturaleza misma no quisiera ver lo que estaba pasando. Jesús, después de una noche de juicios falsos, de burlas y de una flagelación que lo dejó irreconocible, fue clavado en esa cruz de madera entre dos criminales. Y en medio de ese dolor que no se lo deseo ni a mi peor enemigo, Él abrió la boca para hablar. No para quejarse, no para pedir venganza, sino para decir cosas que hasta hoy nos remueven el alma.
La primera palabra que Lucas registra es un portento de ternura: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’. Mire usted, mientras los soldados se rifaban su ropa y los líderes religiosos se burlaban de Él, Jesús los disculpaba. Eso no es normal, eso no es humano. Uno en Colombia, cuando lo roban o lo engañan, lo último que quiere es perdonar. Pero Jesús nos enseña que el perdón no es para el otro, es para uno mismo, para no cargar ese veneno en el corazón. Ese perdón es la primera lección de un hombre que sabía que la venganza no arregla nada.
Luego viene el encuentro con el ladrón arrepentido. Mientras uno de los criminales se burlaba de Jesús, el otro, el que la gente llama Dimas, le pidió: ‘Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino’. Y Jesús, con una autoridad que ni la cruz le quitó, le respondió: ‘Hoy estarás conmigo en el paraíso’. Eso es esperanza pura, parce. El tipo no tuvo tiempo de bautizarse, ni de ir a misa, ni de hacer una novena. Solo reconoció su culpa y creyó. Y Jesús le abrió la puerta del cielo. Eso le dice a uno que nunca es tarde, que no importa cuánto haya embarrado, que la misericordia de Dios es más grande que cualquier pecado.
Y finalmente, la última palabra de Jesús en Lucas es un grito de confianza: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. No es un grito de desesperación, es un suspiro de entrega. Jesús sabía que su misión había terminado, que había cumplido con lo que vino a hacer, y se soltó en los brazos del Padre. Eso, hermano, es la fe que necesitamos en este país donde a veces parece que todo está perdido. Morir confiando, soltar el control, saber que hay alguien más grande que nosotros que nos sostiene. Eso es lo que nos dejó Jesús desde esa cruz.
Significado Teológico
Lo que Lucas nos está diciendo con estas palabras es que la cruz no fue un accidente ni un fracaso. Para la teología cristiana, la crucifixión fue el momento cumbre donde el amor de Dios se encontró con el pecado del hombre. Jesús, siendo inocente, cargó con la culpa de todos nosotros, y al hacerlo, rompió la barrera que nos separaba de Dios. El perdón que Él pide al Padre no es solo para los soldados romanos, es para usted, para mí, para el que le debe plata, para el que lo traicionó, para todos. Eso se llama redención, y es el corazón del evangelio.
Además, la promesa al ladrón nos enseña que la salvación no se gana por obras, sino por fe. En una sociedad como la nuestra, que mide a la gente por lo que tiene, por lo que estudió o por el apellido, este mensaje es revolucionario. Dios no mira su hoja de vida, mira su corazón arrepentido. Y la entrega final del espíritu nos muestra que la muerte no tiene la última palabra. Jesús murió confiado, y al tercer día resucitó, demostrando que el poder de Dios es más fuerte que cualquier tumba. Para nosotros los colombianos, que vivimos entre velorios y resurrecciones, eso es un ancla de esperanza.
Lecciones para Hoy
En la vida real, en el día a día de un colombiano que madruga, que lucha, que a veces se siente crucificado por las deudas, por las enfermedades o por las traiciones, estas palabras tienen una aplicación directa. Lo primero: aprenda a perdonar. No es fácil, claro que no, pero es necesario. Suelte esa rabia que lo tiene amargado, porque el rencor es como tomar veneno esperando que el otro se muera. Jesús perdonó en el peor momento de su vida, ¿no va a poder usted perdonar a su cuñado o a ese socio que le falló?
Segundo, nunca pierda la esperanza. Así las cosas estén feas, así el diagnóstico sea malo, así la situación económica esté crítica, acuérdese del ladrón en la cruz. Un segundo de fe sincera puede cambiar su destino. No se deje robar la esperanza por las malas noticias. Y tercero, entréguese. Uno no puede controlar todo, por más que planee. A veces toca soltar, ponerlo en manos de Dios y confiar. Eso no es pasividad, es sabiduría. Es saber que hay un Padre que tiene manos más grandes que las nuestras para sostener nuestra vida.
Preguntas Frecuentes
¿Cuáles son exactamente las 7 últimas palabras de Jesús y por qué Lucas solo menciona tres?
Las 7 últimas palabras son una recopilación de los cuatro evangelios, no de uno solo. Lucas registra tres: ‘Padre, perdónalos…’, ‘Hoy estarás conmigo en el paraíso’ y ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. Los otros evangelios añaden las demás, como ‘Tengo sed’ en Juan o ‘Dios mío, Dios mío’ en Mateo y Marcos. Cada evangelista escogió los detalles que más le impactaron para transmitir un mensaje específico. Lucas, siendo médico y gentil, quiso resaltar la compasión y la confianza de Jesús, no tanto el sufrimiento físico.
¿Por qué el evangelio de Lucas es diferente al de los otros al narrar la crucifixión?
Porque Lucas era un historiador meticuloso y un compañero de Pablo. Él investigó todo desde el principio y escribió para un público no judío, principalmente griegos y romanos. Por eso, en lugar de enfocarse en profecías del Antiguo Testamento, se concentró en la misericordia de Jesús, el arrepentimiento del ladrón y la oración de perdón. Además, Lucas omite el grito de abandono porque quería mostrar a un Jesús sereno, dueño de su destino, que muere como un justo que confía en Dios.
¿Cómo puedo aplicar las últimas palabras de Jesús en mi vida diaria en Colombia?
Puede empezar por perdonar a alguien que le haya hecho daño, así sea en su corazón. Luego, cuando se sienta juzgado o menospreciado, recuerde que el ladrón arrepentido fue aceptado por Jesús; eso le da valor para buscar a Dios sin importar su pasado. Y finalmente, en las noches de angustia, antes de dormir, repita la última frase: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. Eso le dará paz para soltar sus preocupaciones y confiar en que Dios tiene el control, incluso en medio del caos de la ciudad.
