Mire, usted sabe que en Colombia a veces es más fácil guardar rencor que soltar una ofensa. Nos duele el alma cuando un amigo nos falla o un familiar nos traiciona, y pensamos que nunca podremos perdonar. Pero Jesús nos dejó una enseñanza que rompe todos los esquemas: perdonar hasta setenta veces siete. No es una fórmula matemática, es un llamado a vivir sin cadenas. ¿Se imagina lo liberador que sería dejar ir cada ofensa sin llevar la cuenta? Eso es justo lo que vamos a explorar hoy.
Contexto Bíblico
Nos encontramos en el Evangelio de Mateo, capítulo 18, en medio de una conversación profunda entre Jesús y sus discípulos. Este pasaje no aparece de la nada; viene justo después de que Jesús habla sobre la humildad, la importancia de no hacer tropezar a los pequeños y cómo tratar a un hermano que peca contra nosotros. Es como si Jesús estuviera armando un manual de convivencia para su iglesia, y el perdón es la pieza clave que sostiene todo. En el versículo 21, Pedro se acerca con una pregunta que muchos de nosotros nos hemos hecho: ¿cuántas veces debo perdonar a mi hermano que me ofende? Pedro, con su carácter impulsivo, propuso un número generoso para la época: hasta siete veces. Pero Jesús, como siempre, elevó la apuesta.
Para entender bien este contexto, hay que recordar que en la cultura judía del primer siglo, el perdón tenía límites claros. Los rabinos enseñaban que perdonar tres veces era suficiente, basándose en el profeta Amós. Pedro, al ofrecer siete, ya estaba siendo magnánimo. Sin embargo, Jesús responde: ‘No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete’. Con esto no está creando una regla numérica literal, sino mostrando que el perdón debe ser ilimitado, como el amor de Dios. Es una enseñanza radical que desafía nuestro orgullo y nuestra necesidad de justicia propia.
La Historia
Jesús, al ver la cara de asombro de Pedro, decide contar una parábola para que el mensaje quedara claro. Dice que el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Imagínese a ese rey, sentado en su trono, revisando los libros de deudas. De repente, traen a un siervo que le debía una cantidad astronómica: diez mil talentos. Para que se haga una idea, un talento equivalía al salario de veinte años de trabajo. Diez mil talentos eran una deuda impagable, algo así como miles de millones de pesos hoy. El siervo no tenía cómo pagar, y el rey ordenó que vendieran al siervo, a su mujer, a sus hijos y todo lo que tenía para saldar la cuenta.
El siervo, aterrorizado, se postró delante del rey y le suplicó: ‘Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo’. Era una promesa imposible, porque jamás podría reunir esa cantidad. Pero el rey, movido a compasión, hizo algo que nadie esperaba: lo soltó y le perdonó toda la deuda. No le dio más plazo, no le pidió intereses, lo perdonó por completo. Ese siervo salió de allí saltando de alegría, libre de una carga que lo iba a hundir. Uno pensaría que esa experiencia lo habría transformado para siempre, pero la historia da un giro trágico.
Al salir, el siervo se encontró con un compañero que le debía cien denarios. Un denario era el salario de un día de trabajo, así que cien denarios era una deuda manejable, como unos pocos millones de pesos. Pero en lugar de recordar el perdón que acababa de recibir, el siervo agarró a su compañero del cuello y le exigió el pago inmediato. El pobre hombre se arrodilló y le rogó: ‘Ten paciencia conmigo, y yo te pagaré’. Eran las mismas palabras que el siervo había usado con el rey, pero esta vez no hubo compasión. El siervo malvado metió a su compañero en la cárcel hasta que pagara la deuda.
Otros siervos vieron todo y se llenaron de tristeza. Fueron corriendo a contarle al rey lo que había pasado. El rey, furioso, mandó llamar al siervo y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné toda aquella deuda porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu compañero, así como yo tuve misericordia de ti?’. Entonces, el rey lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Jesús termina la parábola con una advertencia que nos llega al corazón: ‘Así también mi Padre celestial hará con ustedes si no perdonan de corazón a su hermano’.
Esta historia nos muestra el contraste brutal entre la misericordia inmensa de Dios y nuestra mezquindad humana. El siervo recibió un perdón que no merecía, pero no fue capaz de extenderlo a otro. Es un espejo que nos obliga a preguntarnos: ¿cuántas veces hemos recibido el perdón de Dios y, sin embargo, nos aferramos a una ofensa pequeña contra nuestro prójimo? La parábola no solo narra un evento, sino que nos confronta con nuestra propia hipocresía y nos invita a cambiar.
Significado Teológico
El perdón de setenta veces siete no es un juego de números, sino una declaración sobre la naturaleza de Dios. En la teología bíblica, el perdón divino es incondicional e infinito. Cuando Jesús usa esa expresión, está citando indirectamente a Lamec en Génesis 4:24, donde se habla de venganza hasta setenta veces siete. Jesús invierte la maldición: donde había venganza ilimitada, ahora hay perdón ilimitado. Es un nuevo pacto donde la gracia reemplaza la ley del talión. Dios no lleva la cuenta de nuestras ofensas, y nosotros tampoco debemos llevarla con los demás.
Otro punto clave es que el perdón no es opcional para el creyente. En la parábola, el rey no solo recomienda perdonar, sino que exige que el perdón recibido se refleje en nuestras acciones. Si Dios nos perdonó una deuda impagable (nuestros pecados), nosotros no podemos negar el perdón a otros por ofensas menores. No perdonar es, en esencia, rechazar la gracia que hemos recibido. Por eso Jesús vincula directamente el perdón horizontal (entre nosotros) con el perdón vertical (de Dios hacia nosotros). En Mateo 6:14-15, después del Padrenuestro, Jesús es aún más claro: si no perdonan, tampoco serán perdonados.
Además, el perdón bíblico es un acto de la voluntad, no un sentimiento. No se trata de esperar a que el dolor desaparezca para perdonar, sino de decidir soltar la ofensa aunque duela. Es un proceso que puede tomar tiempo, pero la decisión es inmediata. Dios no nos pide que olvidemos, sino que liberemos. Al perdonar, no estamos diciendo que lo que hicieron está bien, sino que estamos renunciando a nuestro derecho de vengarnos y dejando la justicia en manos de Dios. Eso es lo que hace el perdón tan poderoso: nos transforma a nosotros primero.
Lecciones para Hoy
En la vida cotidiana colombiana, el perdón es un tema que toca todas las fibras. Desde las peleas familiares por herencias hasta los conflictos entre vecinos por un ruido molesto, todos tenemos algo que perdonar. La lección de Jesús nos reta a no llevar un registro de las ofensas. Cuando alguien nos falla, es fácil decir: ‘ya van tres veces que me hace lo mismo, hasta aquí llegué’. Pero Jesús nos dice que el perdón no tiene tope. No es que debamos contar hasta 490 y luego cobrar venganza, sino que el perdón debe ser una postura constante del corazón.
Otra lección práctica es que el perdón nos libera a nosotros mismos. Guardar rencor es como tomar veneno y esperar que el otro muera. Nos amargamos, nos enfermamos y vivimos atrapados en el pasado. Perdonar no es hacerle un favor al otro, es hacernos un favor a nosotros mismos. Cuando perdonamos, rompemos las cadenas que nos atan a la ofensa y recuperamos la paz interior. En un país como Colombia, donde el conflicto ha dejado heridas profundas, el perdón es el único camino para sanar como sociedad y como individuos.
Finalmente, esta enseñanza nos invita a examinar nuestra propia deuda con Dios. Antes de quejarnos de lo que nos deben, debemos recordar cuánto se nos ha perdonado. Todos hemos fallado, todos hemos necesitado misericordia. Si Dios, siendo santo, nos perdona cada vez que nos arrepentimos, ¿cómo no vamos a perdonar a nuestro hermano? La próxima vez que sienta que no puede perdonar, recuerde al siervo de la parábola y pregúntese: ¿quiero terminar como él, devorado por mi propia amargura? El perdón es el camino de la libertad.
Preguntas Frecuentes
¿Qué significa exactamente ‘setenta veces siete’ en la Biblia?
Setenta veces siete es una expresión hebrea que significa un número ilimitado de veces. Jesús no está diciendo que perdonemos exactamente 490 veces y luego ya no, sino que el perdón debe ser continuo y sin límites. Es una forma poética de decir que la misericordia de Dios no se agota, y nosotros debemos reflejar esa misma misericordia con los demás, sin llevar la cuenta de las ofensas.
¿Debo perdonar incluso si la otra persona no se arrepiente?
Sí, el perdón que Jesús enseña no depende del arrepentimiento del otro. Perdonar es una decisión personal que tomamos para liberar nuestro corazón. En la parábola, el siervo no esperó a que su compañero se arrepintiera para perdonarlo; él ya había recibido el perdón del rey y debía extenderlo. Claro, la reconciliación requiere arrepentimiento de ambas partes, pero el perdón interior es un paso que podemos dar solos, delante de Dios.
¿Perdonar significa que debo confiar nuevamente en la persona que me ofendió?
No necesariamente. Perdonar y confiar son dos cosas distintas. El perdón es soltar la ofensa y dejar de desear venganza, mientras que la confianza se reconstruye con el tiempo y con hechos. Jesús perdonó a Pedro por negarlo, pero eso no significó que Pedro no tuviera que pasar por un proceso de restauración. Usted puede perdonar a alguien y, al mismo tiempo, establecer límites saludables para protegerse de un daño futuro.
