En la vida cristiana, hay momentos incómodos que muchos preferimos evitar, como cuando un amigo o familiar se desvía del camino. La Biblia no se queda callada frente a esto, y en el Evangelio de Mateo encontramos una instrucción clara y directa: ‘Si tu hermano peca, repréndelo’. Pero, ¿cómo hacerlo sin sonar arrogante o lastimar la relación? En Colombia, donde el respeto y la confianza son la base de nuestras comunidades, este consejo cobra un sentido especial. Vamos a explorar qué significa realmente esta frase, cómo aplicarla en el día a día y por qué es un acto de amor, no de juicio.
Contexto Bíblico
El pasaje de Mateo 18:15-17 se encuentra en medio de un discurso de Jesús sobre la vida en comunidad y el perdón. Justo antes, Él cuenta la parábola de la oveja perdida, mostrando el corazón del Padre que busca a cada uno. Luego, Jesús les da a sus discípulos unas pautas muy concretas para manejar los conflictos entre hermanos en la fe. No es un capítulo aislado, sino parte de una enseñanza mayor sobre cómo vivir en armonía y restaurar a los que fallan.
En la cultura judía del primer siglo, la corrección fraterna era un deber sagrado, pero con frecuencia se volvía un acto público y humillante. Jesús viene a reformar esto: primero, habla de un trato privado, sin buscar escándalo. Segundo, el objetivo no es castigar, sino ganar al hermano, es decir, recuperar la relación y la comunión con Dios. Este contexto nos ayuda a entender que la reprensión no es un permiso para juzgar, sino una herramienta de restauración.
Además, en el versículo 18, Jesús conecta esto con la autoridad de atar y desatar, un concepto que ha generado debate por siglos. Pero en el fondo, lo que Él está enseñando es que la iglesia, como comunidad, tiene la responsabilidad de cuidar a sus miembros. No somos islas; somos un cuerpo donde cada parte importa. Por eso, cuando un hermano peca, no podemos mirar para otro lado, porque el pecado no solo lo afecta a él, sino a todo el grupo.
La Historia
Imaginemos la escena: Jesús está sentado con sus discípulos en una casa de Capernaúm. Acaban de hablar sobre quién es el más grande en el reino de los cielos, y Él ha puesto a un niño en medio como ejemplo de humildad. Pedro, siempre impulsivo, pregunta cuántas veces debe perdonar a un hermano que peca contra él. Jesús responde con una enseñanza radical: no siete veces, sino setenta veces siete. En ese ambiente de preguntas y respuestas, Jesús lanza el procedimiento para la corrección fraterna.
Primero, dice: ‘Ve y repréndelo a solas’. Esto es clave: no se trata de ventilar el pecado en redes sociales ni de contarlo en el grupo de WhatsApp de la iglesia. Es un diálogo privado, cara a cara, con respeto. En Colombia, donde la palabra ‘chisme’ es moneda corriente, este paso nos reta a ser valientes y discretos. El objetivo no es humillar, sino abrir los ojos al hermano, como quien le quita una mota de polvo del ojo.
Si el hermano no escucha, entonces Jesús instruye llevar a uno o dos testigos. No es para formar un tribunal, sino para que haya testigos de la conversación, como dice la ley de Moisés. Estos testigos pueden ayudar a mediar, aclarar malentendidos y dar testimonio si el caso llega a más. Es un proceso gradual, que busca siempre la reconciliación, no la condena. En nuestra cultura, esto sería como pedirle a un líder de la iglesia o a un amigo sabio que nos acompañe a hablar con la persona.
El tercer paso es llevar el asunto ante la iglesia. Si después de todo, el hermano se niega a escuchar, entonces Jesús dice que sea tratado como un gentil o un publicano. Esto suena fuerte, pero en realidad es una expresión de amor duro: la comunidad reconoce que la persona ha decidido apartarse, y se retira la comunión formal, no para excluir, sino para que sienta el peso de su decisión y pueda arrepentirse. En la práctica, esto no significa odiarlo, sino dejar de tratarlo como si todo estuviera bien, para que anhele volver.
Finalmente, Jesús cierra esta enseñanza con una promesa poderosa: ‘Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. Esto nos recuerda que todo este proceso no es un trámite frío, sino una reunión en la presencia de Cristo. La meta no es ganar una discusión, sino restaurar a un hijo de Dios. En una Colombia llena de rencores y divisiones, esta historia nos llama a ser pacificadores, no jueces.
Significado Teológico
El núcleo teológico de este pasaje es la restauración. Jesús no está dando un manual de disciplina eclesiástica para castigar, sino un camino para recuperar a los que se pierden. La palabra ‘reprender’ en griego es ‘elegcho’, que significa ‘convencer, exponer, corregir’. No es un grito ni una acusación, sino una confrontación amorosa que busca la verdad. Dios es justo, pero también es misericordioso, y este proceso refleja su carácter: no abandona a los suyos, sino que va tras ellos.
Otro punto teológico importante es la autoridad de la iglesia. Jesús le da a la comunidad de creyentes el poder de ‘atar y desatar’, es decir, de declarar lo que es válido en el cielo y en la tierra. Esto no significa que los pastores tengan poder absoluto, sino que la iglesia, guiada por el Espíritu Santo, puede discernir y tomar decisiones sobre el pecado y la restauración. Es una responsabilidad enorme que requiere humildad y oración, porque de eso depende la salud espiritual de todos.
Además, este pasaje nos enseña que el pecado no es un asunto privado. Cuando un miembro del cuerpo de Cristo peca, todo el cuerpo sufre. Por eso, la corrección fraterna no es opcional, es un mandato de amor. En una sociedad colombiana donde a veces se confunde el amor con la tolerancia pasiva, Jesús nos muestra que el amor verdadero se atreve a confrontar para sanar. No es fácil, pero es el camino de la cruz.
Lecciones para Hoy
En el día a día, esta enseñanza nos desafía a dejar el miedo al conflicto. Muchos cristianos en Colombia prefieren callar ante el pecado de un hermano por no ‘meterse en problemas’ o por temor a ofender. Pero Jesús nos llama a ser valientes: la reprensión privada es un acto de amor, no de orgullo. Antes de hablar, debemos examinar nuestro propio corazón, asegurándonos de que nuestra motivación es restaurar, no humillar. Un buen consejo es orar antes de ir a hablar con el hermano, pidiendo sabiduría y mansedumbre.
Otra lección práctica es la importancia de los testigos. En un país donde los malentendidos son pan de cada día, tener a alguien de confianza que pueda mediar evita que la situación se salga de control. No se trata de ‘poner a otros en contra’, sino de buscar la verdad con transparencia. Además, esto protege a ambas partes de acusaciones falsas o interpretaciones sesgadas. La iglesia local debe ser un lugar seguro donde se pueda hablar con honestidad, sin miedo a represalias.
Finalmente, recordemos que el proceso no termina con la exclusión. Jesús nos llama a tratar al que no escucha como a un gentil o publicano, pero Él mismo trató a los gentiles y publicanos con compasión y los invitó al arrepentimiento. Esto significa que no debemos cerrar la puerta para siempre, sino mantener una actitud de esperanza y oración por el hermano. En la vida cristiana, el perdón y la restauración son siempre posibles, porque Dios es especialista en devolver la vida a lo que estaba muerto.
Preguntas Frecuentes
¿Qué significa exactamente ‘reprender’ en la Biblia?
Reprender en la Biblia no es gritar ni insultar, sino confrontar con amor y verdad. La palabra original implica ‘convencer’ o ‘exponer’ el error para que la persona vea su falta y se arrepienta. Es un acto de corrección que busca el bien del otro, no la satisfacción propia. En el contexto de Mateo 18, reprender es el primer paso para restaurar a un hermano que se ha desviado, siempre hecho en privado y con respeto.
¿Debo reprender a un hermano si el pecado es pequeño?
Sí, pero con sabiduría. Jesús no hace distinción entre pecados grandes y pequeños, porque todo pecado separa de Dios. Sin embargo, la Biblia también nos enseña a ser pacientes y a cubrir multitud de faltas con amor (1 Pedro 4:8). Si el pecado es una debilidad menor, a veces es mejor dejarlo pasar y orar. Pero si está causando daño a la persona o a la comunidad, es necesario hablar. La clave es el discernimiento y la humildad.
¿Qué hago si la persona que peca es un líder de la iglesia?
Este es un tema delicado. La Biblia dice que los ancianos que persisten en el pecado deben ser reprendidos en público (1 Timoteo 5:20), pero siempre con testigos y siguiendo el proceso de Mateo 18. Si el líder peca, primero debes hablar con él a solas. Si no escucha, lleva testigos. Si aún así no se arrepiente, entonces el asunto debe llevarse a la iglesia. Recuerda que los líderes tienen una mayor responsabilidad, pero también merecen ser tratados con justicia y amor.
