Usted sabe que en Colombia uno aprende desde pequeño a imitar a los que admira: al papá, a la mamá, al futbolista de moda o hasta al vecino que tiene el carro más bonito. Pero, ¿alguna vez se ha preguntado qué significa realmente imitar a Dios en un país donde la violencia, el chisme y la injusticia parecen pan de cada día? La Biblia nos da una orden clara y poderosa en Efesios 5:1, y esa palabra no es solo para los pastores o los santos de altar, sino para usted y para mí, que vamos al trabajo, cuidamos la casa y luchamos por salir adelante. Por eso, hoy vamos a desmenuzar este versículo como cuando se parte un pandebono en la mañana: con calma, con cariño y con la seguridad de que Dios nos llama a ser sus hijos verdaderos en medio de este mundo tan berraco.
Contexto Bíblico
Para entender bien qué significa ser imitadores de Dios, tenemos que meternos en la carta que el apóstol Pablo escribió a los efesios, una iglesia que vivía en una ciudad llena de templos paganos, brujería y un montón de costumbres que no tenían nada que ver con el evangelio. Pablo estaba preso cuando escribió esto, pero no se quejaba, sino que aprovechaba para darles instrucciones bien claras sobre cómo debía comportarse un creyente en medio de una sociedad corrompida. El capítulo 4 de Efesios habla de dejar la vieja vida, quitarse la mentira, la ira y el robo, y vestirse de la nueva naturaleza que es creada a imagen de Dios.
Llegamos entonces al capítulo 5, donde Pablo suelta esta joya: ‘Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados’. Pero ojo, que esto no es un consejo bonito para poner en un cuadro, sino un mandato que viene después de haber explicado que debemos perdonarnos unos a otros como Dios nos perdonó en Cristo. Así que el contexto es de perdón, de santidad y de vivir en amor. En esa época, los efesios vivían rodeados de dioses falsos y prácticas inmorales, y Pablo les estaba diciendo: ‘Ustedes tienen un modelo diferente, un papá celestial que los ama y al que deben parecerse, no a los ídolos mudos de la ciudad’.
Además, hay que tener en cuenta que Pablo usa la palabra ‘imitadores’ que en griego es ‘mimetai’, de donde viene nuestra palabra ‘mímica’. No se trata de una imitación superficial, como cuando un niño se pone la ruana del papá y camina tieso, sino de una imitación profunda que nace del amor y la identidad. Así como un hijo se parece a su papá porque comparte su sangre y su ADN, nosotros, al ser hijos de Dios por la fe en Cristo, tenemos la capacidad y la responsabilidad de reflejar su carácter en todo lo que hacemos.
La Historia
Imagínese a un hombre llamado Lucas, que vivía en un pueblo de Antioquia, en plena época de la violencia de los años cincuenta. Lucas había sido un guerrillero liberal que mató a varios hombres en combate, pero un día, en medio de una emboscada, una bala le perforó el pulmón y quedó tirado en un charco de sangre. Un campesino evangélico lo recogió, lo llevó a su casa y lo cuidó durante semanas, sin preguntarle de qué bando era. Lucas, al ver el amor de ese hombre que perdonaba a su enemigo, sintió un remordimiento tan grande que se arrodilló y pidió perdón a Dios. Ese campesino no le predicó un sermón, solo le mostró el amor de Cristo, y Lucas entendió que imitar a Dios era posible incluso para un asesino arrepentido.
La historia de Lucas no termina ahí. Cuando sanó, en vez de volver a la guerra, se fue a la misma vereda donde había cometido sus crímenes y buscó a las viudas de los hombres que él había matado. Les llevó comida, les pidió perdón de rodillas y les ofreció trabajar para ellas sin cobrar un peso. Al principio lo rechazaron, le escupieron y lo amenazaron con machetes, pero él insistió con lágrimas en los ojos. Pasaron meses, y una de las viudas, doña Carmen, que había quedado sola con cinco hijos, aceptó que Lucas le ayudara a arar la tierra. Con el tiempo, Lucas se convirtió en el padrino de los hijos de doña Carmen y en el ejemplo de que la imitación de Dios no es teoría, sino acciones concretas de amor y restitución.
En la Biblia, encontramos un ejemplo parecido en la vida del apóstol Pedro. Antes de conocer a Jesús, Pedro era un pescador impulsivo, que sacaba la espada y cortaba orejas cuando se sentía amenazado. Pero después de la resurrección, Jesús le dijo: ‘Apacienta mis ovejas’, y Pedro entendió que imitar a Dios era dejar la violencia y pastorear con ternura. Pedro pasó de ser un hombre que maldecía y negaba a Jesús, a ser un líder que dio su vida por el evangelio, imitando hasta la muerte en cruz de su Maestro. Eso es exactamente lo que Pablo nos pide: un cambio radical que se vea en cómo tratamos a los demás.
Otro caso hermoso es el de José, el hijo de Jacob, que fue vendido como esclavo por sus propios hermanos. En Egipto, José tuvo la oportunidad de vengarse cuando ellos llegaron pidiendo comida durante la hambruna, pero en vez de eso, los abrazó, lloró con ellos y los perdonó. José imitó a Dios al mostrar misericordia y proveer para los que le habían hecho daño. Esa es la misma lógica del evangelio: nosotros, que éramos enemigos de Dios, fuimos perdonados y hechos hijos, y por eso debemos perdonar y bendecir a quienes nos ofenden. En Colombia, donde el rencor y la venganza son pan de cada esquina, la historia de José nos confronta y nos llama a ser diferentes.
Finalmente, pensemos en la historia de la iglesia primitiva en Hechos, donde los creyentes compartían todo lo que tenían, no había pobres entre ellos y se amaban con un amor genuino. Esa comunidad era una imitación viva de Dios, porque reflejaban la generosidad y la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cuando el mundo veía a esos cristianos, decían: ‘Miren cómo se aman’, y eso atraía a más personas a la fe. Así debería ser en nuestras congregaciones colombianas: no un club social donde competimos por quién tiene el mejor carro o la casa más grande, sino una familia donde nos ayudamos, nos perdonamos y nos animamos a ser cada día más como Jesús.
Significado Teológico
La frase ‘sed imitadores de Dios’ tiene un peso teológico enorme porque nos revela que Dios no es un ser lejano e inalcanzable, sino un Padre que nos invita a participar de su misma naturaleza. En 2 Pedro 1:4 se nos dice que somos ‘participantes de la naturaleza divina’, y eso significa que, a través de Cristo, tenemos el ADN espiritual para vivir como Dios vive. No se trata de ser dioses, sino de reflejar su carácter: su amor, su santidad, su justicia y su misericordia. En un país donde la corrupción y la injusticia parecen normales, ser imitadores de Dios implica levantar la voz por el que no tiene voz, pagar el salario justo al empleado y no robarle al vecino.
Además, Pablo añade ‘como hijos amados’, lo que nos recuerda que la imitación nace del amor, no del miedo. Un hijo imita a su papá porque lo ama y se siente seguro en su amor, no porque tenga miedo de que lo castiguen. De la misma manera, nosotros imitamos a Dios porque hemos experimentado su amor incondicional en Cristo. Eso nos libera de la religión pesada y nos lleva a una relación viva. En el contexto colombiano, donde muchos creen que Dios es un juez enojado que solo espera que nos equivoquemos para castigarnos, esta verdad es transformadora: Dios nos ama primero, y por eso podemos imitarlo sin miedo.
Otro punto clave es que la imitación de Dios está ligada al perdón. Inmediatamente después de decir ‘sed imitadores de Dios’, Pablo escribe ‘y andad en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros’. Esto significa que la máxima expresión de imitar a Dios es amar hasta el sacrificio, perdonar hasta la ofensa más dolorosa y servir hasta que duela. En una sociedad donde el orgullo y el ‘usted no sabe quién soy yo’ son moneda corriente, el evangelio nos llama a humillarnos y poner al otro primero, así como Jesús lavó los pies de sus discípulos incluso sabiendo que uno lo iba a traicionar.
Lecciones para Hoy
La primera lección es que imitar a Dios empieza en la casa, en lo pequeño. No es necesario hacer grandes milagros o predicar en estadios; a veces imitar a Dios es simplemente no gritarle a la esposa cuando llega cansada del trabajo, o ayudar a los hijos con las tareas sin quejarse, o llamar a la mamá para preguntarle cómo está. En Colombia, donde el hogar a veces es el lugar donde más se peca, ser imitador de Dios significa llevar la paz, la paciencia y el amor al comedor de la casa. Un esposo que sirve a su esposa, una mamá que perdona a su hijo rebelde, un hijo que cuida a sus padres ancianos: eso es imitar a Dios en tierra colombiana.
La segunda lección es que imitar a Dios implica renunciar a la venganza. En un país marcado por el conflicto armado y las rencillas personales, el perdón es el acto más contracultural que podemos hacer. Cuando alguien le hace una mala jugada en el trabajo o le roba el puesto de parqueadero, la reacción natural es devolver el golpe, pero el imitador de Dios bendice y ora por los que lo persiguen. Esto no es debilidad, es la fuerza más poderosa que existe, porque rompe el ciclo del odio y abre la puerta a la reconciliación. Usted puede ser un instrumento de paz en su barrio, en su oficina o en su junta de acción comunal si decide imitar a Dios en el perdón.
Finalmente, imitar a Dios nos llama a ser generosos sin esperar nada a cambio. En una cultura donde todo se mide por lo que se recibe, el cristiano debe ser el primero en dar: dar tiempo, dar dinero, dar una palabra de aliento, dar una comida al necesitado. La iglesia colombiana tiene el potencial de transformar su comunidad si cada creyente decide imitar a Dios en generosidad. No se trata de dar lo que sobra, sino de compartir lo que tenemos, como la viuda que dio todo lo que tenía para vivir. Eso es lo que impacta a la sociedad y muestra que el evangelio no es solo un discurso, sino una forma de vida práctica y real.
Preguntas Frecuentes
¿Ser imitador de Dios significa que nunca voy a pecar?
No, para nada. Ser imitador de Dios no quiere decir que usted va a ser perfecto de la noche a la mañana. Todos fallamos, todos nos equivocamos y todos necesitamos la gracia de Dios cada día. Lo que significa es que usted tiene un nuevo rumbo, una nueva dirección en su vida. Así como un hijo se parece a su papá aunque todavía tenga cosas que aprender, usted va creciendo en santidad día a día. Cuando se caiga, se levanta, pide perdón y sigue adelante, porque el amor de Dios no lo suelta.
¿Cómo puedo imitar a Dios si ni siquiera sé cómo es Él?
Esa es una pregunta muy válida. La mejor manera de conocer a Dios y poder imitarlo es a través de Jesucristo, que es la imagen visible del Dios invisible. Si usted lee los evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), va a ver cómo Jesús trataba a la gente: con compasión, con firmeza cuando era necesario, con perdón y con amor. También puede imitar a Dios al observar la naturaleza, que muestra su creatividad y su cuidado, y al escuchar la voz del Espíritu Santo que lo guía a través de la Biblia y la oración. Empiece hoy leyendo un capítulo del evangelio de Juan y pregúntese: ‘¿Cómo actuaría Jesús en mi situación?’.
¿Imitar a Dios tiene que ver con hacer obras de caridad o con tener una relación personal con Él?
Las dos cosas van de la mano, pero la base es la relación personal con Dios. Usted no puede imitar a alguien a quien no conoce. Primero necesita tener un encuentro con Dios a través de Jesucristo, aceptar su perdón y recibir el Espíritu Santo. De esa relación nacen las obras de caridad, no al revés. En Colombia, a veces confundimos la religión con hacer obras sociales, y eso está bien, pero si no hay amor genuino por Dios, las obras se vuelven vacías. Imitar a Dios es dejar que su amor llene su corazón, y entonces ese amor se desborda en servicio a los demás. Es como un vaso lleno de agua: si está lleno, rebosa; si está vacío, no puede dar nada.
