Mire, cuando uno se para frente a la cruz, no puede evitar sentir un nudo en la garganta. Esas últimas palabras de Jesús no fueron simples suspiros de un moribundo, sino declaraciones cargadas de poder, amor y propósito. En el Evangelio de Mateo, el relato de la crucifixión nos muestra a un Cristo que, incluso en el momento más oscuro de la historia, sigue hablando con autoridad. Para nosotros los colombianos, entender esas frases finales es como recibir un testamento directo del cielo, una guía para vivir y morir con fe.
Contexto Bíblico
Para captar bien el peso de las últimas palabras de Jesús en la cruz, hay que entender el contexto histórico y cultural en el que Mateo escribió su Evangelio. Este libro fue dirigido principalmente a una audiencia judía, llena de referencias al Antiguo Testamento y a las profecías mesiánicas. La crucifixión no era un evento aislado, sino la culminación de un plan divino que venía gestándose desde Génesis, donde la serpiente heriría el calcañar de la descendencia de la mujer, pero esa descendencia aplastaría la cabeza de la serpiente.
En el capítulo 27 del Evangelio de Mateo, desde el versículo 45 hasta el 50, se describe la escena con una crudeza que invita a la reflexión. Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, una oscuridad sobrenatural cubrió toda la tierra, un detalle que ningún colombiano puede pasar por alto, porque aquí sabemos lo que es un aguacero que oscurece el cielo. Pero esa tiniebla no era natural; era el momento en que el Hijo cargaba con el pecado del mundo, separado de la comunión del Padre.
Y es precisamente en ese contexto de absoluta oscuridad y dolor que Jesús pronuncia sus palabras finales. Mateo solo registra una de las siete frases que encontramos en los cuatro Evangelios, pero esa única frase es suficiente para revelar la profundidad de su sufrimiento y la magnitud de su obra redentora. Para la comunidad judía, el Salmo 22 era un canto de lamento conocido, y al citarlo, Jesús no solo expresaba su angustia, sino que señalaba que todo lo que estaba ocurriendo cumplía las Escrituras al pie de la letra.
La Historia
Imagínese el Gólgota, ese lugar de la calavera, un montículo rocoso a las afueras de Jerusalén, lleno de polvo y del olor a muerte. La multitud se había congregado, unos para burlarse, otros para llorar, y muchos solo por curiosidad. Los soldados romanos, con su típica indiferencia, ya habían sorteado las vestiduras de Jesús, mientras los líderes religiosos, los fariseos y saduceos, se mofaban sin piedad. En medio de todo ese caos, tres cruces se alzaban contra el cielo nublado, y en la del centro, colgaba un hombre que había sanado enfermos, resucitado muertos y perdonado pecados.
De repente, alrededor de la hora novena, que son las tres de la tarde para nosotros, Jesús gritó con fuerza: ‘Elí, Elí, ¿lama sabactani?’. Esa frase, que traduce ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’, retumbó en el valle. Algunos de los que estaban allí pensaron que llamaba a Elías, el profeta, pero lo que realmente estaba ocurriendo era un misterio profundo: el Hijo de Dios, en su naturaleza humana, experimentaba la soledad más absoluta, el abandono del Padre, algo que nosotros, los colombianos, entendemos cuando sentimos que hasta Dios parece lejano en medio de una crisis.
La gente alrededor reaccionó de manera variada. Unos corrieron a empapar una esponja con vinagre, la colocaron en una caña y se la ofrecieron para beber. Otros le decían: ‘Deja, veamos si viene Elías a salvarle’. Pero Jesús, consciente de que todo se había cumplido, dio otro fuerte grito y entregó su espíritu. Mateo no registra las otras frases como ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’ de Lucas, o ‘Consumado es’ de Juan, pero el grito de desamparo es suficiente para mostrarnos la realidad de su sacrificio.
En ese preciso instante, la tierra tembló, las rocas se partieron, y los sepulcros se abrieron. El velo del templo, esa cortina gruesa que separaba el Lugar Santísimo del resto del templo, se rasgó en dos, de arriba abajo. Este detalle es crucial: ya no había más separación entre Dios y el hombre. El centurión romano, un hombre endurecido por la guerra, al ver el terremoto y todo lo que sucedía, exclamó lleno de temor: ‘Verdaderamente este era Hijo de Dios’. Así, un extranjero, un pagano, fue el primero en confesar la divinidad de Cristo justo en el momento de su muerte.
Para nosotros, los colombianos de hoy, esa escena nos recuerda que la fe no depende de títulos ni de religiones, sino de reconocer a Jesús en su entrega total. La historia de la crucifixión en Mateo no es un cuento triste, sino la victoria más grande jamás contada. Porque en el momento de mayor debilidad, Dios estaba obrando la salvación de la humanidad, y el grito de abandono se convirtió en el puente que nos une al Padre.
Significado Teológico
El grito de Jesús, ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’, no es una expresión de duda o desesperación sin esperanza. Más bien, es una cita directa del Salmo 22, un salmo mesiánico que comienza con lamento pero termina con una declaración de victoria y alabanza. Al recitarlo, Jesús estaba afirmando que su muerte no era un accidente de la historia, sino el cumplimiento exacto de la profecía. Él estaba cargando el pecado de toda la humanidad, y en ese momento, el Padre apartó su mirada del Hijo, no por falta de amor, sino porque el pecado no puede estar en la presencia de la santidad divina.
Este evento también revela la doble naturaleza de Cristo: completamente Dios y completamente hombre. Como hombre, sintió el dolor físico, la sed, la burla y el abandono. Como Dios, estaba sosteniendo el universo con su poder mientras colgaba de la cruz. La teología cristiana enseña que en la cruz se produjo el intercambio más grande de la historia: Jesús tomó nuestro pecado y nos dio su justicia. Por eso, cuando nosotros, los colombianos, enfrentamos momentos de soledad o crisis, podemos recordar que Jesús ya pasó por eso y nos entiende perfectamente.
Además, el rasgamiento del velo del templo tiene un significado inmenso. Ese velo simbolizaba la separación entre un Dios santo y un pueblo pecador. Solo el sumo sacerdote podía entrar al Lugar Santísimo una vez al año, y con sangre. Cuando el velo se rasgó, Dios declaró que el camino estaba abierto para todos. Ya no necesitamos intermediarios humanos; podemos acercarnos directamente al trono de la gracia por medio de Jesucristo. Esa es la esencia del evangelio: acceso directo a Dios.
Lecciones para Hoy
En el día a día colombiano, entre el tráfico de Bogotá, el calor de la Costa o el frío de los Andes, las últimas palabras de Jesús nos enseñan a ser honestos con Dios en medio del dolor. No tenemos que fingir que todo está bien cuando el alma está quebrada. Jesús mismo gritó su angustia al Padre, y eso nos da permiso para clamar a Dios en nuestros momentos más oscuros, sin máscaras ni formalidades. La fe verdadera no es una pose, sino una relación sincera con el Creador.
También aprendemos que el sufrimiento tiene un propósito. Así como la cruz no fue el final, sino el camino a la resurrección, nuestras pruebas actuales no son definitivas. Cuando un colombiano pierde un ser querido, enfrenta una enfermedad o atraviesa una crisis económica, puede aferrarse a la certeza de que Dios no lo ha abandonado. El grito de Jesús fue real, pero al tercer día resucitó. Eso significa que después del Viernes Santo siempre llega el Domingo de Resurrección.
Finalmente, la reacción del centurión nos reta a examinar nuestro propio corazón. Muchas veces miramos a Jesús desde la distancia, como un espectador más en el Gólgota. Pero el llamado es a reconocerlo como Señor, a decir como ese soldado: ‘Verdaderamente este era el Hijo de Dios’. No basta con saber la historia; hay que rendir la vida a Él. En un país como Colombia, donde la violencia y la incertidumbre golpean duro, esa confesión de fe es el ancla que sostiene el alma.
Preguntas Frecuentes
¿Por qué Mateo solo registra una de las siete palabras de Jesús en la cruz?
Mateo, al escribir principalmente para judíos, se enfoca en demostrar que Jesús es el Mesías prometido en el Antiguo Testamento. Al citar el Salmo 22, conecta directamente la crucifixión con las profecías mesiánicas. Los otros evangelistas, como Lucas y Juan, registran más frases porque tenían audiencias y propósitos teológicos diferentes. Cada evangelio es como una fotografía desde un ángulo distinto, y juntos nos dan la imagen completa de lo que ocurrió en la cruz.
¿Jesús realmente se sintió abandonado por Dios o solo estaba citando un salmo?
Las dos cosas son ciertas. Jesús, en su naturaleza humana, experimentó el abandono real al cargar el pecado del mundo, porque el pecado separa de Dios. Pero al citar el Salmo 22, también estaba declarando que todo lo que sucedía estaba dentro del plan divino. El salmo comienza con lamento pero termina con victoria, así que Jesús no estaba expresando desesperación, sino confiando en que el Padre cumpliría su promesa de resurrección. Es un misterio profundo que combina el dolor humano con la soberanía divina.
¿Qué significa para un colombiano común y corriente que el velo del templo se rasgara?
Significa que ya no necesitamos ir a un sacerdote, confesar nuestros pecados a un santo o pagar una promesa para acercarnos a Dios. El rasgamiento del velo nos da acceso directo al Padre por medio de Jesús. En la cultura colombiana, donde a veces ponemos intermediarios entre nosotros y Dios, esta verdad nos libera. Podemos orar en la cocina, en el bus o en la finca, y Dios nos escucha porque Jesús abrió el camino de una vez y para siempre. Es la mejor noticia que un creyente puede recibir.
